Desde Punta Arenas, bajo un cielo lluvioso, oscuro, el
silencio que primara, por la tarde sabatina, en calles y avenidas de una urbe
anhelante e inquieta, ese grito fue un verdadero alarido que, seguramente,
llegó hasta el territorio antártico, después de pasar sobre la Tierra de los
Fuegos; golpear a Puerto Williams y a los
hielos y granitos de las montañas, fiordos y bahías del Canal Beagle.
Desde allí, ese grito estremecido, ahogado por décadas de
frustraciones y anhelos insatisfechos, partió hacia Última Esperanza, se
escuchó en Puerto Natales, en Cerro Castillo, en las estancias, en el Parque
Nacional Torres del Paine y se extendió por la Patagonia chilena y argentina,
donde tantos y tantos chilenos y sus familias han materializado sus sueños, pero
siguen teniendo el corazón en alguna de las islas chilotas, en Puerto Montt,
Osorno, Valdivia, desde donde sus abuelos, sus padres o sus hermanos salieron a
buscar mejores horizontes, aquellos que no lograron en su Patria.
Por eso y por mucho más, la Plaza de Armas de Punta Arenas
se llenó de alegría, de sonrisas, de gritos de gargantas enronquecidas y
aclaradas con cerveza, vino tinto y del otro; pisco y sidra…argentina.
Hubo abrazos, sonrisas, sorbos compartidos entre amigos de
ayer y que serán amigos desde esta noche, aunque no se hubieran visto nunca
antes.
Las poblaciones se
vaciaron en las calles y avenidas que trajeron a miles y miles de sus
habitantes hasta la Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero: no les importó
venirse a pie o en la camada de camiones y camionetas o bien, apretujados en
los autos de amigos de siempre o desconocidos: todos con banderas chilenas,
gorros, sombreros, pitos, cornetas y, medio ocultos, bengalas y otros fuegos
artificiales que, más tarde, lanzaron hacia el cielo oscuro la luz de la
alegría y del entusiasmo de miles y miles de magallánicos.
No hubo camisetas de Colo Colo, ni de la Universidad de
Chile, de la Universidad Católica, ni de Santiago Wanderers, ni de Cobreloa ni
de los demás clubes: había una sola camiseta, la de la Selección Chilena, la
única que ha ganado “algo” y no se quedó en los “casi casi” de siempre.
Los “Ceacheí” dieron paso a nuestra Canción Nacional,
homenaje patriótico a una hazaña deportiva, unidos por el corazón en el sueño
posible: ser Campeones de América.
Cuánta alegría. Cuánto fervor. Cuánto cariño por esta Patria
nuestra, por el triunfo de una, tal vez la más completa, de las mejores
selecciones de fútbol que haya representado a los chilenos, desde que se empezó
a jugar ese deporte, allá en Valparaíso, a fines del siglo diecinueve.
Y la afirmación rotunda de que “o la tumba serás de los
libres o el asilo contra la opresión” rubricó ese compromiso con un equipo que
aprendió a superar las dificultades que debió enfrentar, incluso fuera de los
estadios en nuestra Dulce Patria, esa la de los cielos azulados y que desde
mañana tendrá algo más de luz, la del entusiasmo y de la alegría.
Podría parecer patriotero.
Pero no lo es.
Simplemente, es el
sentimiento de alegría por haber sido testigo virtual de un gran éxito
deportivo; de haber dado abrazos de alegría a amigos, amigas, conocidos,
desconocidos y desconocidas, compartiendo más de un “copete”, sin remilgos ni
vergüenza y haber gritado tantas veces, hasta dejar la voz en la calzada, bajo
la lluvia:
¡ CEA CEHEÍ …CHI…CHI CHI CHI …LË LÉ LÉ: ¡VIVA CHILE!