Católica se dio un festín “comiendo naranjas”. Engañoso en el primer tiempo, donde sacó petróleo de su máxima atención y el despiste de los defensas de Cobreloa en las segundas jugadas, e incontestable tras el descanso, con inteligencia, rapidez, coordinación, llegadas masivas y voracidad. Una goleada desaforada que elevó la nota general, que presentó el poder ofensivo de Llanos, un aparente recambio que amenaza con volverse principal (el área parece el salón de su casa) y que sobre todo avanzó la mejor versión de Mark González, hasta ahora empequeñecido: el zurdo velocista marcó un gol y sirvió tres. Se desmelenó.
Y eso que el desenlace no cuadró con el principio. Cobreloa amagó con mandar en el partido, pero murió a partir de dos gotas de agua. Con distintos actores, pero similar secuencia e idéntico error, un solo retrato: los centrales que tratan de salir de la cueva, lento y mal, y dos católicos que llegan desde atrás para quedarse solos frente a Palos tras un balón colgado desde la derecha por un compañero. Jugadas simples que tienen menos que ver con la elaboración que con la reacción, movimientos mecanizados, sí, pero que para prosperar requieren de la atención del que la ejecuta y el despiste del que la padece.
Así logró ponerse Católica de su lado su segundo partido liguero como local. Primero con un centro de Álvarez que Mark González, pese a la distancia, cabeceó a un rincón inalcanzable. Y después, para deshacer otra vez el empate, un plátano de Costa tras un balón que escupió la defensa y a por el que fue el lateral Parot, hasta la fecha más productivo como atacador que como defensor. En ambos lances, la colaboración de los zagueros de Cobreloa fue fundamental. Dos regalos.
Dos puñaladas que desmintieron la sensación. Católica demostraba poca pericia para llevar la iniciativa, pero sí velocidad e intención para llenar de peligro las recuperaciones en campo contrario. No defendía tampoco muy bien, aunque sí se encontraba con un seguro Costanzo bajo palos. Menos a balón parado y en los balones aéreos, donde el argentino era un flan. Inseguro y cantarín, como en el gol del 1-1 de Rodolfo González a la salida de un córner.
En la segunda parte, ya no hubo color. Católica cambió su fútbol de costado y arrolló cosido a la resurrección de Mark González, rápido, asociativo y hasta rematador. Los goles que redondearon la fiesta partieron de su generosidad, dos entregas a Llanos y otra a Cordero, la variante táctica antinatural sobre la que Falcioni volvió a insistir. Un equipo ya parece de gala (salvo Llanos en ataque por la lesión de Obolo y, se supone, Costanzo hasta que retorne Toselli), un 4-2-3-1, donde lo que más sorprende es la posición de Cordero como volante a pierna cambiada por la derecha.