Es así como los films de terror le darán relevancia a las reacciones de
miedo y susto en el espectador (temas que han sido resueltos de manera
burda, a través de los screamer) o las comedias humorísticas a la risa y el sarcasmo.
Pero,
pese a que la clasificación es un método inequívoco comercialmente, nos
predispone a una experiencia uniemocional con relación a lo que vemos,
empobreciendo nuestro rango de expectativas y generando fórmulas de
guiones que se repiten infinitamente, bajo contextos pseudonovedosos.
Es
por esto que “La forma del agua” es una gran película. La línea
ondulante de sensaciones a lo largo de la historia, mantiene al público
cautivo, intrigado y desconcertado, al no saber si la siguiente escena
nos entregará un fogoso encuentro amoroso o la explícita muerte de algún
personaje.
En
el fondo, una historia fantástica, que une amorosamente a una muda con
un anfibio antropomorfo, termina resultando más sincera que un drama
basado en hechos acontecidos. El amplio conjunto emocional emula, en
este caso, de manera más real a la vida diaria, que no se compone de una
única sensación, sino que de una multiplicidad de procesos internos
ineluctables. No se saldrá, entonces, de la sala de cine con la
vertiginosidad generada por un estreno de acción, ni con las lóbregas
resonancias de las películas de terror, sino más bien con la
satisfacción de haber vivido una experiencia.
Es
por eso que la fantasía puede revestir más complejidad que una película
realista. El hecho de apelar a imágenes y conjeturas que sólo pueden
crearse en la imaginación, hace que este tipo de films desafíen nuestro
mundo interno, a veces, creando un vínculo más estrecho con la psiquis
del espectador.
En
temas de creatividad, de imagen, de fotografía y de musicalización, la
película de Guillermo del Toro encuentra su complemento perfecto,
resaltando escenas oníricas que enriquecen la calidad inmanente de las películas escritas y dirigidas por el mexicano.
A
“La forma del agua” se le perdona el principio, donde creemos que
encontrarnos ante una mezcla calcada de Amelie y El Laberinto del Fauno
(del mismo director), puestas bajo un contexto nuevo. Pero, pensar que
la influencia fílmica anterior no repercute en las nuevas narraciones
audiovisuales, es una entelequia, una crítica exagerada que no se
apuntala en ninguna realidad fáctica.
Sin
la intención de caer en algunos terrenos fangosos de la crítica
fílmica, ni menos de ser un adulador lleno de ditirambos, le dedico
aplausos febriles y dilección eterna a este film, que remueve, conmueve y
se mueve.