5 de octubre sin relato

El
pasado 5 de octubre, se cumplieron 34 años desde el histórico triunfo
del No en el plebiscito que derrotó al general Augusto Pinochet e
inició el proceso de transición a la democracia. Así, en 1990, y con las
dificultades de un cambio político entre una autocracia, y una naciente
democracia, Chile recuperaba de manos del Presidente Patricio Aylwin la
continuidad histórica de su tradición política.

¿Fue
perfecto? En caso alguno como toda obra humana, pero si se observa con
perspectiva, se trata del período de nuestra historia política
republicana con mayor crecimiento económico, inserción en el mundo,
apertura de mercados y bienestar para los chilenos. En 1989 el 49% de
los chilenos vivía según las mediciones bajo la línea de la pobreza, con
un ingreso per cápita de menos de US$4.000 dólares. Si la pobreza se
hubiese medido con la metodología que se ocupa hoy, los pobres en Chile
eran más del 60% de la población. Hoy, las cifras han cambiado después
del largo periplo democrático en Chile. La pobreza, antes de la pandemia
se encontraba bajo el 9% y la extrema bajo el 3%, con un promedio de
US$24.000 dólares per cápita. Mediante una virtuosa combinación de
gobiernos progresistas moderados, se desarrolló en asociación público
privada un trabajo que permite hoy contar a Chile con 1 millón de
estudiantes universitarios, mientras que el 60% de los jóvenes que
acceden a la Universidad lo hacen de forma gratuita en universidades
públicas o privadas. El 90% de las familias tiene acceso a internet, y
según estudios del PNUD el 60% de los chilenos pertenece a lo que se
denomina grupos medios. La desigualdad, pese a todo, ha disminuido más
que en países como Brasil, México o Colombia. Si se compara la
generación nacida en 1960 con la generación de 1990, el indicador de
desigualdad mejora en aproximadamente 20 puntos del índice GINI.

¿Después
de 1988 es Chile un país mejor? Por cierto, la respuesta es afirmativa.
Queda mucho por avanzar sin duda. La modernidad trae nuevos desafíos,
complejidades y una nueva sociedad que asimila como propios nuevos
desafíos. Ello queda demostrado en el reciente plebiscito
constitucional, donde 8 millones de chilenos entendieron que el texto
que se ofrecía miraba a un país del pasado y no del futuro.

Ahora
bien, ¿Cuál es el motivo de esta mirada rápida? Simple, ésta semana
después de 34 años, y por primera vez desde el retorno a la democracia,
un Gobierno no dice absolutamente nada del triunfo de esa noche del 5 de
octubre de 1988. No hubo acto oficial, no hubo relato para destacar a
quienes lideraron en ese proceso.

Una
nueva generación política que llegó al poder demonizando los treinta
años, desdeñó, una vez más, la hazaña política de esa jornada. Aún
apabullados por una derrota tan monumental o aún peor que la de 1988, el
Gobierno del Presidente Boric recibió sólo una queja de la presidenta
del PS por este tema.

Es
obvio, el relato del FA, una generación política nacida en democracia, y
cuyos miembros son hijos de esos 30 años y sus bondades, construyeron
su relato para acceder al poder criticándolo. Hasta ahí, algo normal. Lo
curioso, es que si en 1988 para los señalados, se iniciaban los aciagos
30 años, el relato histórico del Gobierno no mira hacia el futuro y sus
desafíos, pero se debate entre la nostalgia y la necesidad de generar
un gobierno centrista que se aleja. Recientemente y a lo largo de estos
meses de Gobierno, el Presidente Gabriel Boric ha hecho múltiples
alusiones al Presidente Salvador Allende, de quien se siente un
heredero. Da la sensación de que en un afán maximalista y romántico el
Gobierno abjura curiosamente del Chile de la modernidad para situarse
más cómodamente en un relato pre 1973. No se trata de un mensaje de
futuro, se trata de un mensaje añejo de maximalismos, fanatismo redentor
y nostalgia estatista y desarrollista. Los hijos de los treinta años,
han preferido no mirar al futuro, por el contrario, lo hacen con
nostalgia conmemorando desde ya los 50 años del mensaje del Presidente
Allende en la ONU, reivindican como propio el pasado, sin ser capaces de
construir un país de futuro, frente a una ciudadanía que espera
soluciones a lo retrocedido en estos últimos años complejos.

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