¡Qué
fácil es hablar de hambre, de trabajo, de cuarentena obligatoria y de
subsistencia con el estómago lleno, con un sueldo público o la herencia
de los viejos! Según algunos la política está limitada a una casta que
se va reproduciendo de padre a hijo, a hermanos y primos o a cónyuges.
Se ha hecho del uso de la palabra una profesión gracias a la trayectoria
de apellidos conocidos que puedan atraer adeptos en las papeletas o
porque a la gente le suena. Nuestro congreso y puestos públicos están
llenos de ellos y a pesar de los reclamos y los esfuerzos para
erradicarlos se mantienen incólumes.
Más
de 14 años para tramitar una ley simple se entiende porque nadie quería
dispararse en los pies. ¿Qué voy a hacer cuando salga de acá? Es la
frase cotidiana de aquellos que se salvan con contratos, cátedras o
directorios de carreras universitarias, verdaderas recompensas por el
servicio prestado. Cada cambio de gobierno obliga a un séquito a
reubicarse y eso les lleva los últimos meses a abandonar el sentido de
su trabajo para reposicionarse. Todos necesitan subsistir, pero van
quedando en el camino los que van egresando y que no tienen oportunidad
de mostrar sus cualidades y calificaciones y también los díscolos o
aquellos que meten ruido.
Hoy
tendrán que hacer lo mismo muchos más en todas las estructuras del
poder. Seguramente los más afectados serán los que tendrán que limpiar
los trastos sucios de sus eternas administraciones, aquellas que
ejercían con la libertad de saberse inamovibles. Gran trabajo para
Contraloría. De a poco vamos a ir descubriendo las extensiones de las
corruptelas que tanto daño le han hecho a nuestro país: gastos
innecesarios, acarreos de votantes, sobreprecios, generosidad en
viáticos o viajes de silencio.
La
mente de la ciudadanía se olvida de aquellos detalles y, normalmente,
se dejan influenciar porque le deben “favores” a alguien y, en esa
odiosa responsabilidad asumida, deben cumplir.
Es
la oportunidad de la elevación de nuevas figuras, nuevas energías e
ideas que nos permitan enfrentar el desafío de la reconstrucción social y
económica de un país desbastado por la pandemia. Es la oportunidad de
sacar de una vez a los que han profitado de sus cargos y que mucho mal
le han hecho a la nación, a aquellos que atentan contra la vida, la
seguridad social, el aseguramiento del empleo o la salud de los
ciudadanos.
En
dos semanas han quedado en evidencia aquellos que, día adía, están en
pantalla vendiendo humo y que tienen poca o ninguna conciencia de lo que
la nación necesita. La única conexión que tienen con lo que ocurre está
limitado a su radio familiar, social y vecindad y la imagen que
proyectan de querer proteger al resto es solo eso: imagen. Se codean
entre los mismos, se felicitan y aplauden por los desaguisados de los
micrófonos abiertos, pero no reconocen el atentado que, sus ideas o
intereses, provocan a la sociedad toda.
¡Total
ellos no padecen hambre! Pueden hablar desde la estratosfera, aquella a
la que llegaron luego de la obsecuencia tiránica del pasado.