La convivencia entre humanos, en un planeta que contiene recursos naturales limitados desde una perspectiva humana y que, a la vez, está sometido a permanentes cambios ambientales de gran impacto, está llegando a un nivel de tensión tal que resulta complejo establecer predicciones sobre las consecuencias que tendremos que enfrentar, aún en los próximos días, producto de la pandemia incrementada en su efecto sanitario por el conflicto social y económico que vivimos a escala global y local. Como expresa el sociólogo Z. Bauman, vivimos y actuamos en compañía de una multitud aparentemente interminable de seres humanos, vistos o adivinados, conocidos y desconocidos, cuya vida y acciones dependen de lo que hacemos y, a su vez, influyen en lo que hacemos, en lo que podemos hacer y deberíamos hacer; todo ello de maneras que no comprendemos ni podemos anticipar. El mismo Bauman, citando a otros filósofos, propone que, si el mundo natural está regido por el destino y la casualidad, y el mundo técnico por la racionalidad y la entropía, el mundo social en el cual estamos ahora insertos, no puede sino existir en el temor y el estremecimiento. Ante esta debilidad de la convivencia social, se observa una intensa proliferación de alternativas que pretenden primero explicar y luego solucionar, el rompimiento de nuestras, en su gran mayoría, aunque no necesariamente todas, honestas expectativas y anhelos de desarrollo, que nos propusimos en función de las condiciones ambientales, sanitarias, y socio-económicas existentes en su momento. Lo concreto es que hoy estamos en presencia de una modificación completa de las agendas y del sentido de la historia por hechos que no fueron previstos de modo alguno, generándose por consecuencia y en demasiados casos, modos de vida prácticamente irreconciliables con las nuevas condiciones. Como suele suceder recurrentemente en ese mundo natural al cual pertenecemos, pero que frecuentemente ignoramos, luego de este gran disturbio que está reformateando nuestros principios básicos de existencia social, están apareciendo de manera sostenida un número mayor de divisiones, diversidad y ambivalencia que las que pretendíamos instalar, probablemente sin darnos cuenta, en una pretendida sociedad “moderna”, en base a la uniformidad de opciones y a un orden coherente y transparente. Es a partir de esta constatación que ya estaba emergiendo con fuerza un conjunto de cuestionamientos éticos y morales al fundamento de que estar en lo correcto era evitar la posibilidad de elección, seguir la forma de vida habitual y no admitir contradicciones salvo en el caso de conflictos que están a punto de resolverse. La pandemia ha hecho más evidente esta contradicción profundamente humana y enfatiza la necesidad de volver a mirar principios que permitan relaciones de convivencia que contribuyan a aprender a vivir sin garantías de uniformidad, conscientes de que éstas jamás podrán darse; que una sociedad perfecta, al igual que un ser humano perfecto, no es una posibilidad viable, y que los intentos por demostrar lo contrario, no sólo resultan en más crueldad sino, ciertamente, en menos moralidad. La idea es preservar la Condición Humana a partir del establecimiento de acuerdos morales, producto de la dialéctica y el consenso, lo que dará luces acerca del obrar humano, en un plano de la virtud o en el plano del error.