En el último tiempo, se ha instalado con fuerza en nuestro país la urgente necesidad de abordar los retos de la Educación Técnica, desafíos que se han levantado tanto desde el ámbito educativo como productivo y que cuenta con un argumento de fondo que debemos considerar. A la fecha el 40% de los titulados de Educación Superior son técnicos de nivel superior y la meta prevista es que, para el año 2020, el porcentaje alcance a lo menos el 60%. Según datos de la Sociedad de Fomento Fabril, se estima que en nuestro país existe un déficit de 600 mil técnicos profesionales. De ahí la importancia de aumentar la cobertura de la formación técnica, así como la calidad y la pertinencia de los programas a fin de contar, a corto y mediano plazo, con el capital humano que el país requiere para su desarrollo teniendo en especial consideración que existe además una demanda creciente por técnicos de nivel superior en áreas tales como Administración de Empresas y en RRHH, Minería, Salud, Computación, Industria y Servicios, entre otros. Por otro lado, y sumado al valor social de la educación técnica para Chile, también existe un valor individual. La encuesta Casen 2011 nos muestra que los ingresos promedios mensuales de los titulados en especialidades técnico-profesionales alcanza los $ 370.000. En tanto, el sueldo promedio de un técnico o profesional egresado de un Instituto Profesional o Centro de Formación Técnica puede llegar a los $ 700.000 mensuales, en comparación al monto de remuneración promedio de $ 1.000.000 que obtienen titulados de universidades. Tal como lo indicó en su momento la Comisión Asesora externa convocada por el Ministerio de Educación el año 2009, la formación técnico-profesional puede (y debe) transformarse en un factor clave para apoyar tanto la competitividad del país como la empleabilidad de las personas, en un contexto en que se busca como sociedad mejorar la capacidad de innovación y la productividad del país y, de esta forma, lograr mayor crecimiento económico que garanticen el bienestar de las personas y la cohesión social. Estas son señales del atractivo y potencial que tienen las carreras técnicas en algunas áreas, que deben aprovecharse para revalorizar esta modalidad en Chile, pero que deben ir de la mano de políticas públicas serias y estables que contribuyan a fortalecer la formación técnica, incrementar la inversión pública y privada, y posicionarla en la agenda pública de educación como una oportunidad para la movilidad social.