Hay una serie estadounidense de drama político creada por Beau Willimon en Netflix que se llama House of Cards. Durante varios años fue protagonizada por el actor dos veces ganador del premio Óscar, Kevin Spacey, quien encarnó al congresista y presidente de los Estados Unidos de América ficticio Frank Underwood, en una trama colmada de ardides, vilezas y corrupción en aras de la consecución del poder para su consolidación y perpetuación en él a costa de todo lo necesario.
En un episodio de esta serie, el personaje comenta lo siguiente: «El único problema con el sentido común es que es demasiado común». Premisa que, con el paso del tiempo, como verdad de Perogrullo, se ha vuelto popular y que producto de esa realidad se antoja perentorio el análisis sobre su auténtica certeza.
Sería importante rebatir la cuña con otra que, me parece, alberga claridad; la claridad es amiga de la verdad. Amén de lo que Sócrates afirmaba acertadamente sobre que la refutación engendra la duda: «el sentido común es el menos común de los sentidos».
La frase es un juego de palabras que se conjuga a raíz de una paráfrasis del astrofísico Neil deGrasse Tyson, una necesidad emergente en torno a todo lo que nos compete en nuestra vida cotidiana, un bien escaso para ser cultivado y apreciado. Pero, se proyecta aún más imperioso como un atributo propio de una nueva derecha en el espectro político, que tome lo adecuado del pasado pero que proyecte una nueva sabia.
El hastío está desarrollando una nueva derecha en iberoamérica —la del sentido común— emergente en la lucha de las ideas y la batalla cultural, que denuncia y que confronta, no ofreciendo genuflexiones ante los que demandan la sumisión de tu mente, sino postulando el sentido común, el menos común de los sentidos.