En
la Grecia antigua comenzó de alguna manera la actividad política de la
forma en que la conocemos más o menos hoy. Era en la polis, en la
ciudad-estado donde el interés por los asuntos públicos alcanzó un nivel
que llega hasta nuestros días.
Una de las deformaciones que allí
ocurrieron fue la adulación a los votantes por parte de quienes se
dedicaban directamente a dicha actividad; apelaban a sus emociones, a
sus esperanzas. Nació así el concepto de demagogia, que etimológicamente
es algo así como “dirigir al pueblo”. En nuestro país existe quienes
mediante la adulación, el miedo al otro que es per se un enemigo porque
es “peligroso”, pretenden llegar al poder.
Actualmente muchos candidatos
no querrán contradecir a sus eventuales votantes, sino por el
contrario, dirán lo mismo que dicen ellos, no vaya a ser cosa que le den
la espalda. Se entenderá que una democracia con esa calidad de
discursos, está en franca decadencia. Y si a eso le sumamos el miedo de
esos mismos candidatos a ser “funados” por expresar algo que no sea
políticamente correcto, estamos en una situación compleja como país. Hoy
como antaño, las gentes muchas veces sumidas en la desesperanza, o en
la esperanza de una mejor calidad de vida, se aferran a quienes prometen
redimir a los pobres, al “pueblo” que según sus visiones ideológicas
está “explotado”.
La
República de Roma y luego el Imperio, se nutrió de Grecia en su
quehacer político, con sus virtudes y defectos. Eran los emperadores
quienes
para contentar al pueblo, a la plebe, surtían sus despensas de grano,
organizaban juegos que alegraban a un público cada vez más exigente. Y
nuevamente la demagogia era pan de cada día entre los tribunos que
representaban los intereses del pueblo frente al Senado, compuesto sólo
de las familias más nobles y patricias.
Este
año 2021 iniciamos en nuestro país un camino de muchas elecciones
políticas y el próximo año 2022, debe iniciarse un nuevo gobierno y
eventualmente comenzar a regir una Constitución Política distinta a la
actual. En abril próximo habrá elecciones de Alcalde, Concejales,
Constituyentes y Gobernadores Regionales; y en noviembre, elección de
Presidente de la República, Senadores, Diputados y Consejeros
Regionales. Por eso debemos estar alerta a los cantos de sirenas, a las
soluciones fáciles y simplistas, a la adulación y a lo políticamente
correcto. En esta época de pandemia, de condiciones económicas muy
complejas, de temor a lo desconocido, habrá gente más dispuesta a
dejarse llevar por discursos buenistas, donde lo posible se emparenta
con lo imposible, y donde la razón es reemplazada por la emoción. No
será cosa nada fácil resistir el embate de aquellos que como en Grecia o
Roma antigua, juegan con las carencias de la gente, y apuntan con dedo
acusador a quienes hicieron progresar a este país durante los últimos 30
años, a pesar de los errores cometidos, pues cuando el ser humano
construye, siempre habrá yerros y desaciertos.
A
veces parece lejano el Chile de hace unos atrás, cuando a pesar de
nuestras debilidades como país, muchísima gente estaba conforme en
general con nuestro sistema. Sólo quería corregir situaciones
evidentemente incorrectas, pero se sentía feliz en sociedad donde era
posible progresar y donde encontrar trabajo, no era un drama de años.
Estamos a las puertas de una vorágine de elecciones, ofertones,
ilusionistas, titiriteros, charlatanes, embaucadores y un sinfín de
otras especies que nos hablarán de Jauja, como también de lo fácil que
es “quitarle a los ricos para dárselo a los pobres”