Inadvertido día de la Tierra

La crisis sanitaria que agobia a muchos y que, en teoría, debería preocuparnos profundamente a todos, nos tiene sumidos en la inmediatez de nuestras necesidades reales. La de subsistencia inmediata y urgente para una gran mayoría, la de readaptación laboral para otros muchos otros, y para algunos, la de mantención de nuestro frágil, precario y momentáneo equilibrio de funciones que nos haga sentir “sanos”. La debilidad de nuestra especie se expresa y refleja alrededor de estas situaciones, y con seguridad en torno a muchas más, y han logrado fracturar una sensación de progreso y de aventura social en la que estábamos embarcados y que también valorábamos desde lo inmediato y cercano. El efecto y las repercusiones de nuestros estilos de vivir y de convivir, mediados por ambiciones e ignorancias impensadas, no constituyen una materia de reflexión o al menos de curiosidad, que posibiliten incluirlas dentro de los temas obligados del actual pensamiento regional o local. Siendo la urgencia de hoy algo más trascendental, como lo es nuestra permanencia en la vida, es entendible que materias aparentemente etéreas como las modificaciones sostenidas y a gran escala en el estado de nuestros ecosistemas terrestres y acuáticos, pasen a un plano secundario y, por ahora, ajenos incluso a nuestra incumbencia. El cambio climático, los cambios provocados por el hombreen la naturaleza, así como las acciones que afectan la biodiversidad, como la deforestación, el cambio de uso del suelo, la producción agrícola y ganadera intensiva o el creciente comercio ilegal de vida silvestre, fueron motivos de honda preocupación ciudadana. Al menos, era lo que pensábamos en la inmediatez del panorama social, político y económico prepandemia y cuando el tema COP-25 era mandatorio para nuestras discusiones y preocupaciones nacionales y mundiales. Ciertamente, hoy no forman parte de la agenda individual y colectiva, a pesar de que siguen estando presentes y con mucha fuerza, no en algunas, sino que en todas nuestras actividades.
El miércoles 22 de abril se conmemoró a nivel mundial el llamado Día de la Madre Tierra, instaurado para crear una conciencia global acerca de los problemas de la sobrepoblación, la producción de contaminación, la conservación de la biodiversidad y otras preocupaciones ambientales. Esta vez, el llamado de la Secretaría General de las Naciones Unidades estuvo orientado a sumar voces para exigir un futuro sano y resiliente y evaluar la necesidad de cambios hacia una economía más sostenible para las personas y para el planeta. Al mismo tiempo, el llamado enfatizaba temas para la discusión abierta e informada en relación con aspectos claves como el destino de los dineros de los contribuyentes post pandemia, el impulso de la economía verde, el desarrollo de proyectos sostenibles, la formulación de políticas públicas con orientación ambiental y, especialmente, la necesidad clave de trabajar en conjunto como una comunidad internacional. Hoy la prioridad inmediata es otra; ya veremos cómo se resuelve el tema de sobrevivir éticamente y en conjunto, después de que la pandemia sea superada.

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