El reloj instalado en el frontis de la Casa Dübrock, en
plena calle Roca, centro financiero de Punta Arenas, por estos días permanece
detenido y marca que faltan 20 minutos para las siete horas.
Está siendo sometido a reparaciones que permitirán que
recupere su marcha dentro de dos semanas, de acuerdo con lo indicado por el
técnico óptico Orlov Dübrock Castañeda, propietario de la relojería, joyería y
óptica.
“Este reloj llegó a Punta Arenas entre los años 1932 y 1934,
desde Alemania, por iniciativa de mi abuelo y, por entonces tenía doble faz con una sola maquinaria”, afirmó el empresario.
Sin embargo, el uso, el
desgaste y las condiciones climáticas imperantes en nuestra ciudad, terminaron
por afectar el funcionamiento del reloj y en el año 1989-90 se le instalaron
dos máquinas, pero se dañaron las bobinas y
falló el reloj patrón, explicó el dueño de ambas tiendas.
Hubo
que encargarle la tarea de repararlo a don Juan Vera (de “Tic Tac”, otra
relojería) y a Jorge Álvarez, a quienes se define como exponentes de un oficio que está en trance de
desaparecer.
“Ya no hay relojeros,
maestros relojeros. La Escuela de Relojeros que funcionaba en Santiago cerró
sus puertas (por falta de alumnos) porque el mercado laboral se redujo y ahora
quien desee recuperar ese oficio (tan apreciado por años y años) debe ir a
estudiar a la Escuela de Relojería y Relojeros que funciona en Buenos Aires”,
añadió Orlov “Fito” Dübrock.
Y así, dentro de dos
semanas, concluidos los trabajos de reparación pertinentes y adecuados, volverá
a funcionar y seguirá siendo un punto de referencia obligado para empleados,
funcionarios, turistas y público en general, porque el reloj de la calle Roca
es un hito ligado a la historia urbana de la capital de la Patagonia.
Los relojes que sí
funcionan, pese al viento, la lluvia, los cambios climáticos, son los de la
Iglesia Catedral de Punta Arenas.
Y vaya qué útiles son
cuando el frío arrecia y molesta sacarse los guantes para mirar la hora en el
reloj pulsera o en la pantalla del celular.
Aparte de eso, siempre
será bueno levantar los ojos hacia la torre del templo, porque, pese a su
altura, siempre deja ver el cielo. Y eso nunca será malo.