Se busca un toqui

Los
últimos acontecimientos en la Araucanía, expresan las carencias y
frustraciones del pueblo olvidado , la fragilidad de su lucha simbólica,
el término de la fábula y la constatación de sus necesidades que no se
satisfará con más poesía y banderas al viento. Los gobiernos se han
sucedido sin políticas públicas, adecuadas, en medio de la pandemia ya
nadie habla del Plan para la Araucanía, que parecía bien enfocado, como
un esfuerzo serio que buscaba construir acuerdos transversales, que
posibilitaran la inversión pública en caminos, postas, escuelas, e
inversión para el desarrollo. Hubo cambio de agenda y sale más barato
atizar el descontento y proponer la nueva pacificación, olvidando que en
una sociedad mestiza gran parte de la tropa o grupos especiales muy
probablemente también son de ascendencia mapuche. En un país inserto en
la modernidad, no se quiere retroceder a la ruca, al árbol sagrado del
canelo o a los cánticos y gritos en mapundungun una lengua que cada vez
hablan menos, si desde la Araucana de Ercilla hasta el soneto de Rubén
Darío, sobre la elección de Caupolicán, se les ha escrito y cantado loas
en español. La compleja relación del Estado de Chile, con sus pueblos
originarios, no ha conocido de acuerdos, transacciones o negociaciones
respetuosas de sus derechos fundamentales, lo cual no es raro en
América, que hace siglos apostó a la ilustración, la modernidad, y una
visión eurocentrista del mundo que ha funcionado para las grandes
mayorías nacionales, no para todos, dejando a su paso resabios de
atraso, pobreza y marginación. Una región en que se impuso, sin
contrapesos, el Código Civil Francés, o como en Perú lo hizo
posteriormente el Código Civil Alemán, no resuelve los problemas de la
propiedad comunitaria, la pertenencia de la tierra o la tala masiva de
la piñoneras. Chile, tiene sus culpas históricas, pero eso no justifica
la impotencia, la pusilanimidad política y la demagogia del presente.
Lo que falta es
un
Toqui, liderazgo e inteligencia, el atraso de la Araucanía, para sus
comunidades es un peso excesivo, un tronco de árbol que el país ya no
puede tolerar, este lastre resulta injusto para el país y para quienes
en esa región simplemente quieren vivir con el estándar que merecen en
su calidad de ciudadanos chilenos, con los bienes y servicios que la
Constitución les reconoce. Cómo en el soneto “El Toquí, el Toqui!» clama
la conmovida casta”. La Araucanía no es la Sierra Zapatista, ni merece
serlo, se requiere con urgencia de un Toqui, capaz de poner las cosas en
su lugar, con sentido de justicia, cordura y sentido de humanidad,
nadie tiene el derecho de quemar la casa de nadie en nombre de
hipotéticos derechos ancestrales, como no se puede ofender a otros por
su ascendencia exaltando a la chusma bajo el grito que “el que no salta
es mapuche”. La obligación del gobernante es superar la etapa primaria
del castigo, de la punición, persistir en hablar de delitos y no de
ilustración, cultura y desarrollo, las querellas no resolverán el
problema, sólo muestran un estado de papel, que no entrega soluciones,
que no tiene visión de futuro. Una solució
n política exige asumir que hay un
momento para castigar y otro para el reencuentro. Con todo, lo peor es
la pusilanimidad, la inercia, apostar por la represión para contener y
que todo siga igual. A la Araucanía, no la salva ni Ercilla ni Rubén
Darío, no tiene un Toquí porque Chile, no tiene uno.

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