Solidaridad en tiempos de pandemia

Bajo las reales y alarmantes circunstancias por la que atraviesa nuestra especie humana, desde los sectores más aislados y pobres hasta los más globalizados y empoderados del mundo, las expresiones de conducta individual y colectiva han sido de las más variadas. La mayoría de ellas han dejado en evidencia que la aparente supremacía del Homo sapiens no era tal. A prueba de toda duda, todos nuestros “ismos” no han servido ni han estado a la altura, a la hora del mayor desafío que se le puede poner a una persona o a un colectivo: la posibilidad de su persistencia. No estamos viviendo un simulacro ni estamos viendo, desde la comodidad de nuestros hogares, una película dramática con un desafío mayúsculo a nuestra supervivencia. Es dramáticamente real. De esta manera, nuestras respuestas oscilan entre la prolijidad de medidas políticas y sanitarias observada en algunos países, hasta aquellas que en otros, muestran claras improvisaciones en el accionar. Así también, quedan en evidencia las precariedades de los sistemas públicos y, además, del privado. Uno tratando de ofrecer seguridades, el otro readecuando el modus operandis productivo. Todo bajo el paraguas de nuestra supremacía, ambos ofreciendo y reclamando al mismo tiempo, continuidad en el modo como se relacionan las personas entre sí, la forma como establecemos nuestras relaciones con el ambiente y la manera como enfrentamos estos desafíos ahora sí que vitales. A la luz de lo que observamos, pareciera que las lecciones de pandemias de siglos anteriores no fueron incorporadas a nuestra manera de ser personas, a nuestra manera de vivir los escasos años de los cuales disponemos, a la manera de compartir y convivir en un contexto de mundo limitado, con fronteras, dentro de las cuales no es factible un escape a otras realidad. Numerosas civilizaciones han fracasado y han muerto, quedando solo inscritas en libros de historia que ya ni siquiera leemos y las lecciones que nos hablan de un individuo humano indefectiblemente asociado a una gran trama natural, interactiva y subsidiaria parecieran ser meros mensajes de científicos o místicos soñadores. Pero estamos comprobando que la realidad es muy diferente. En momentos en que ya ni siquiera el saludo cotidiano o el abrazo cálido o el beso inspirador son posibles y están erradicados como expresiones de nuestro encuentro con el otro, es fundamental considerar una mirada hacia esa soñada solidaridad de lo humano. Esa empatía que nace obligadamente de la fraternidad y de la tolerancia es la palabra clave para superar la encrucijada de este presente. No es la superioridad lograda ni el modelo económico impuesto lo que hará posible tomar decisiones cuando pasemos de la condición meramente sanitaria a aquella en donde lo indispensablemente ético debe primar. La solidaridad se entiende en el plano humano cuando la voluntad para avanzar y superar cualquier situación que ponga en riesgo la supervivencia social, deja plasmados sellos épicos y nobles en la historia de nuestra singular especie. Sólo la solidaridad es capaz de elevar la condición humana al plano que se merece nuestra historia de vida y da la confianza necesaria para pensar que nuestro modesto progreso humano no se ha conseguido sacrificando innecesariamente nuestras opciones de futuro.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS