¿Un nuevo octubre?

Se les nota ansiosos, inquietos, complicados, sin tener un rumbo al parecer, y solo al parecer, no muy claro. Se les ve en escaramuzas callejeras, intentando reflotar algo así como un glorioso pasado, cuando sin Dios ni Ley campeaban por las calles de un herido país. Hoy estallan en su ansiedad por proseguir lo que empezaron en octubre.

En redes sociales y en los comentarios de algunos analistas y políticos, es posible inferir que dan por descontado que pasada la emergencia sanitaria, habrá necesariamente un nuevo alzamiento. Es para ellos un escenario ya no probable, sino una realidad. ¿En qué basan tal seguridad? En que dada la crisis social que estamos viviendo y que se acusará en los meses próximos, no existe otra alternativa que un reclamo generalizado en las calles, con su estela de destrucción, más pérdida de empleos, de vidas humanas, de desolación. Es que para ellos, el modelo de desarrollo que ha permitido a millones salir de la pobreza y modernizado el país, no les gusta porque no los ha sacado a ellos de la pobreza. Es cierto que ha traído inequidades (como en toda sociedad), que el tema de las pensiones no está resuelto, pero gracias a lo que el país ha construido desde hace más de treinta años, es que estamos aun en mejor pié que otros países del continente para resolver en paz las dificultades.

Pero no es cierta la fatalidad de un nuevo alzamiento. En la medida que exista un gran acuerdo nacional, una mirada de mínimos desde donde podamos encontrarnos como nación, evitaremos que aquellos que dominados por su ideología, su anarquismo disolvente o su maximalismo, demuelan los éxitos de este gran país. Porque el éxito relativo que tuvieron los revolucionarios de octubre, estuvo en la existencia de cómplices pasivos de la violencia y la destrucción, que bajo todo tipo de “explicaciones”, le dieron sustento político. Tales líderes políticos, otrora políticos moderados y sensatos, en su afán de no quedarse abajo del tren de la revolución y perder el favor de su “respetable público” y eventuales votantes, esgrimieron todo tipo de argumentos para darles piso político. Llegaron al extremo de vomitar su propia obra de treinta años, para subirse al carro de una victoria que les parecía asegurada.

Quién lo diría, no la fue la razón ni el amor, sino un virus el que acalló de golpe sus consignas; amarró sus afanes golpistas. Llegó el encierro, el silencio se apoderó de las calles, la naturaleza afloró en busca de su mundo, al ser humano entendió que el odio, la inquina y el rencor son el arma precisa para la destrucción de nuestra raza. Para qué entonces seguir en un camino autodestructivo.

No es cierto que estemos condenados a una nueva revolución. No es cierto que la destrucción de nuestro país sea algo inevitable. No es cierto que vamos a la disolución de nuestra patria y a la toma de calles y plazas en nombre de una nueva sociedad, que ni los propios cómplices tienen claro cómo dibujarla. Mas para evitar que se haga realidad la aspiración revolucionaria de los que estallaron en octubre, antepongamos el amor a la patria, a Dios y a nuestros compatriotas y caminemos hacia una sociedad donde cada chileno tenga derechos mínimos sustentables, aparejados a responsabilidades legales y éticas, sin la cuales, no es posible el desarrollo de nuestro país.

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