La
victoria de Yasna Provoste es muy importante, porque significa que la
Democracia Cristiana, un sector que históricamente le ha dado el
equilibrio político a este país, vuelve a tener una presidenciable y que
el ciudadano que concurrió a votar ayer prefirió a alguien que se
acerca más a posiciones que han privilegiado el diálogo y el acuerdo en
los dos últimos años que han sido de mucho conflicto en un país carente
de liderazgos y que navega a la deriva. Por eso, la legitimidad del
triunfo nadie la pone en discusión, pero la escasa concurrencia a las
urnas es algo que todos los partidos de la Unidad Constituyente deben
analizar, porque en Magallanes apenas llegaron a los 2.227 votos, una
muy baja representatividad en una región con un padrón que supera las
160 mil personas y que ha tenido ejercicios de primarias anteriores con
hasta 28 mil electores (18 de julio) y en las de gobernadores (poco más
de 6 mil) y alcalde (más de 4 mil). Si bien los resultados de Magallanes
y Antártica Chilena se asemejan a lo acontecido en el resto del país,
las directivas de los partidos de la Unidad Constituyente deben hacer un
mea culpa y analizar en qué están fallando y el por qué no han sido
capaces de convocar al electorado. Más aún ahora se vienen horas
decisivas en las cuales deben inscribir a sus candidatos al Parlamento.
Si se dan cuenta de que no han sabido encantar a la ciudadanía, es bueno
que se analicen cómo enfrentar las próximas elecciones presidenciales,
parlamentarias y de consejeros regionales, porque de lo contrario los
otros dos pactos que participaron en una primaria validada por el Servel
-Apruebo Dignidad y Chile Vamos- les pasarán muy por encima en los
próximos desafíos electorales. Además, deben hacer gestos de respeto
hacia el elector, privilegiando las determinaciones regionales y no los
acuerdos nacionales, que generalmente son a puertas cerradas y que
favorecen a quienes quieren eternizarse en los cargos sin tomar en
cuenta la voz de los habitantes de los territorios.