Guardo
un gran respeto por quienes desempeñaban oficios “haciendo” cosas
tangibles y entregando sus servicios. Por el hojalatero, curtidor,
sastre, practicante, herrero, telefonista, talabartero, zapatero,
modista… oficios
que han ido desapareciendo, o que aún subsisten, en pocos casos. Con la
evolución de la técnica y el mercado, los oficios se van adaptando,
apareciendo nuevos, extinguiéndose otros. Quien no actualiza sus
competencias, se queda obsoleto. Hace unas décadas, una secretaria debía
escribir a máquina, responder el teléfono, ordenar agenda y
archivadores. Hoy, ya no están las Olivetti, el teléfono lo contesta una
grabadora y saber informática es una condición mínima para el puesto.
Cambió el oficio.
En
nuestro país, la célebre Escuela de Artes y Oficios, de inspiración
francesa —todo un acierto para la época— fue creada en 1849. A su
centenario, pasó a llamarse Universidad Técnica del Estado, la que luego
de su división por regiones, en los ochenta, dio paso a la USACH y la
UMAG, entre otras casas de estudio. Pareciera ser una cuestión de
imagen, pero ya casi nadie dice ejercer un oficio. Se prefiere usar
palabras más rimbombantes para nombrar la función, tarea o
responsabilidad y, generalmente, se confunden los conocimientos con las
competencias. Se habla de profesionales, ejecutivos, expertos, técnicos
cualificados o especialistas, debidamente certificados o titulados.
La
RAE contempla dos acepciones de oficio: “habilidad y destreza logradas
por la práctica de una actividad o profesión”, o bien una “ocupación
habitual, cargo, profesión, función”. Conforme al diccionario, entonces,
los oficios siguen y seguirán existiendo. Ser maestro de escuela será
siempre un oficio, ser artista también y, agreguemos: médico,
arquitecto, guardia, chofer, juez, carabinero, enfermera, periodista,
matrona, mecánico, etc. Porque en el oficio prima la competencia por
sobre el conocimiento y ésta consiste en “saber hacer” lo que la
profesión exige, no sólo haber estudiado una carrera. Poseer un título
—licencia, máster, doctor— no hace competente a nadie, no confiere
aptitud, sino únicamente haber obtenido notas aceptables de promedio en
los exámenes. Cuando usted decide operarse del corazón con tal cirujano
¿lo hace acaso porque éste sacó buenas notas, o porque ha operado bien a
cientos de pacientes? Si le dicen que el motor del avión fue reparado
por un mecánico que tenía un buen promedio en mantenimiento ¿se sube a
la nave? Por lo menos yo, ni me opero, ni me embarco. Buscaría que el
primero sepa reparar corazones enfermos y, el otro, los motores
averiados; vale decir, que sean competentes, que posean el oficio.
En
este mes de marzo, al observar el despliegue inescrupuloso del
marketing de universidades incitando a los estudiantes a inscribirse en
“las mejores carreras”, acreditadas por ministerios, certificadas por
agencias y reconocidas por convenios con sus homologas extranjeras, todo
esto con facilidades de pago… pienso cuán necesario sería volver a lo
esencial, a la realidad, al oficio, al trabajo concreto: la fabricación
de una pieza según las reglas del arte, el experimento en el
laboratorio, el trazado correcto, el vocabulario bien empleado, la
lectura de planos, el respeto de las reglas, el uso adecuado de la
herramienta, la crónica bien redactada, la mantención de la máquina, a
sentir orgullo por ese oficio que será útil a la sociedad, y para quien
lo ejerce, en la medida que existan empleos en el rubro. Nos estamos
inundando de títulos, post grados y certificados de dudoso valor, los
que se cuelgan en la pared como trofeos de caza. Recordemos que el
principal factor de innovación, aumento de la productividad y valor
agregado, no está en esos diplomas enmarcados, sino en la competencia
real de los mandos medios y de los trabajadores. Pregunto: ¿quién
analiza el daño provocado por la frustración de los titulados cesantes y
endeudados? ¿Quién se atreve a frenar este engañoso despilfarro? ¿Cómo
hacer para cerrar carreras inútiles e incentivar la actualización de los
oficios? ¿Quién orienta el desarrollo de nuestro capital humano?