Grupos ciudadanos de autodefensa se organizan en poblaciones para evitar saqueos

En menos de una semana, el “oasis” chileno explotó. Lo que partió como una protesta estudiantil por el alza en el pasaje del metro terminó en una manifestación colectiva como nunca se había visto desde el retorno a la democracia. Sin embargo, todo se ha visto empañado por actos vandálicos. Ni el Estado de Emergencia ni el Toque de Queda declarados por el presidente Sebastián Piñera pudieron ponerles freno. Supermercados con estanterías vaciadas, cortinas reventadas, incendiados y hasta con muertos en su interior se pudieron ver en ciertas zonas de la capital. La gente aprovechaba el caos y corría con lo que pillase a manos tratando de esquivar las cámaras de televisión. Ante esa situación, y ante el desborde de las fuerzas de seguridad, la gente se ha ido organizando en algunos sectores en grupos de autodefensa. Aparecieron los “chalecos amarillos”.

Utilizando la prenda reflectante que exige la Ley de Tránsito para los automovilistas, los vecinos se apostaron en las esquinas de sus vecindarios y a la entrada de los grandes almacenes para al menos intentar impedir los saqueos. Una muestra de solidaridad y al mismo tiempo de hartazgo. En las ferias, bastiones de la cultura nacional y lugares sacros en las poblaciones de la periferia, la situación no era muy distinta. En la que se ubica a un costado del metro Elisa Correa -una de las estaciones de metro más afectadas- a eso de las dos de la tarde del domingo, llegó el rumor de que venía una turba a arrasar con todo. Los locatarios guardaron su mercadería y estaban dispuestos a defenderse con palos. Lo mismo ocurría en San Ramón. “En La Bandera se bajaron de unos autos y robaron de todo. Nosotros no estamos asegurados”, decía una vendedora mientras apilaba cajas rápidamente en su pequeño furgón. Sin embargo, y con el correr de las horas, la misma gente comenzó a correr el rumor que el objetivo ya no era solo el comercio, sino que viviendas particulares.

David Navarro vive en Peñalolén. En la tarde del domingo, el grupo de whatsapp de su condominio encendió la alarma. “Por el colegio de los niños, conocemos personas que viven en otros condominios. Empezaron a mandarse mensajes, de que había tipos metiéndose a las casas. Supuestamente, porque yo no vi nada”, cuenta. Pese a que no había certezas, la preocupación se hacía sentir. “Los vecinos nos juntamos en la entrada. Los guardias no vinieron a trabajar porque no tenían cómo llegar. Formamos cuadrillas y recorríamos el condominio con palos, fierros. Se acercó una patrulla y nos explicó cómo nos podíamos organizar para defendernos. Yo estuve hasta las cinco de la mañana, porque tenía que venir a trabajar”, explica David. La escena se repitió en La Florida, Maipú, Renca, Puente Alto, Huechuraba y varias comunas a lo largo de la capital. Grupos se reunían en la calle en torno a una fogata para capear el frío de la madrugada. El toque de queda había iniciado hace varias horas. (Emol)

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