A solo cien días de que ruede el balón, el Mundial de Fútbol 2026 atraviesa un escenario de extrema complejidad que amenaza con opacar su espíritu deportivo. Lo que originalmente fue concebido como una fiesta de integración organizada por Estados Unidos, Canadá y México, hoy se ve tensionado por la escalada bélica entre Washington y Teherán. La confirmación de ataques conjuntos de EE. UU. e Israel sobre territorio iraní ha instalado una sombra de duda sobre la participación de la selección de Irán, la cual está clasificada y tiene programados sus encuentros de fase de grupos precisamente en suelo estadounidense.
La crisis no solo afecta la logística de los equipos, sino que ha golpeado directamente a los aficionados. Bajo órdenes ejecutivas del presidente Donald Trump, se ha implementado un veto migratorio que impide el ingreso de hinchas provenientes de más de una decena de países participantes, incluyendo a seguidores de Irán, Senegal, Costa de Marfil y Haití. A esto se suma la congelación de visados para otras 75 naciones, afectando a potencias futbolísticas sudamericanas como Brasil, Colombia y Uruguay, lo que proyecta unas tribunas con escasa diversidad cultural frente a las ediciones anteriores.
El clima social dentro de EE.UU. también suma presión a la organización. La política de deportaciones masivas y los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) han generado una profunda división interna, especialmente tras incidentes fatales en Minnesota durante operativos migratorios. Según recientes sondeos, un 65% de la población considera que estas acciones han ido demasiado lejos, creando una contradicción directa entre la retórica de exclusión del Gobierno y el carácter global e integrador que la FIFA promueve para su evento máximo.
En México, la situación no es más alentadora debido a las dudas sobre la seguridad en sus sedes. La reciente ola de violencia tras la muerte de Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, ha puesto en alerta a los comités organizadores de ciudades como Guadalajara. Aunque las autoridades locales aseguran tener protocolos de contención y equipos listos, la percepción de riesgo persiste, pese a que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha manifestado su plena confianza en la capacidad de respuesta mexicana.
Los efectos colaterales de la inestabilidad internacional ya se han sentido en el calendario oficial con la suspensión de la Finalissima entre España y Argentina en Catar, tras ataques con misiles en la zona. Esta atmósfera de “guerra fría” tecnológica y militar contrasta drásticamente con la euforia y modernización que caracterizó al Mundial de Estados Unidos 1994. Hoy, los analistas sugieren que el éxito del torneo dependerá menos de lo que ocurra en la cancha y más de la capacidad de la FIFA y los gobiernos para gestionar una crisis diplomática que parece no tener freno.
Finalmente, el sistema “FIFA PASS”, creado para agilizar visados de último minuto, se percibe como una medida insuficiente ante la magnitud de las restricciones políticas actuales. Con 78 de los 104 partidos programados para disputarse en Estados Unidos, la posibilidad de un Mundial con estadios semivacíos de afición extranjera es un riesgo real.