20 de agosto negro

Una vergüenza que por primera vez los estudiantes de Punta Arenas, no hayan desfilado en homenaje al Libertador Bernardo OHiggins. No
es excusa el mal estado de las calles, porque oportunamente la primera
autoridad educacional de la región pudo buscar otros espacios adecuados
con la debida antelación. La Secretaria Regional Ministerial
es
responsable de esta inexcusable omisión, pues representa un Gobierno,
del cual se espera el respeto por las tradiciones republicanas, salvo
que se trata de un profesional de la educación que no reconoce en O
Higgins, al primer gran reformador de la educación pública.

Sin
grandes debates y discusiones bizantinas sobre la calidad de la
educación o la equidad de género, Bernardo O’Higgins, acabó con tres
siglos de enseñanza primaria pasiva, desnivelada y atrasada, al
introducir en la educación el método experimentado en Inglaterra por
José Lancaster. Esta fue una verdadera revolución a nivel del aula que
insertó el país en la modernidad y por la senda del progreso social que
permitió una verdadera educación masiva, popular y progresiva. Es cosa
de ver al lado, y que se hizo en esos primeros años de independencia
por donde atravesó Bolívar u otros libertadores que permanecieron
aferrados al pasado colonial.

O’Higgins,
no se equivocó, miró a Inglaterra, a la práctica de la educación
activa, que la hace más democrática, en la medida que le da importancia a
la construcción colegiada del conocimiento, con fuerte participación de
los alumnos. Todo, sin descuidar su preocupación por la educación de
excelencia, donde se consideraba de modo especial el mérito académico y
los talentos individuales para lo cual potenció y reabrió el Instituto
Nacional.

La
reforma de O’Higgins, por primera vez abrió la educación a la mujer y
los adultos que concurrían a escuelas abiertas. Existen razones de sobra
para sostener que el 20 de agosto, día del natalicio de O’Higgins, debe
ser motivo de celebración para la

educación pública, y ésta no puede quedar supeditada al hecho que las
calles estén en reparaciones. En estricto rigor, en tiempos en que se
reivindica una educación gratuita, inclusiva y de calidad, resulta
impresentable contribuir al olvido de este gran reformador social, salvo
que se privilegie algún programa de la farándula criolla donde se
confunden héroes y villanos.

No
obstante, y a pesar de sus indudables condiciones y méritos como
estadista O’Higgins, fue además un hombre que valoró la disciplina como
valor en la formación de su propia personalidad, de allí su interés por
el estudio, por estar al día en los principales acontecimientos
mundiales, en el arte y la cultura, y por ser un conocedor de la
historia y la geografía, quizá demasiado ilustrad
o para lidiar en la política de su tiempo y estar a salvo de las intrigas de que fue víctima.

No
es de extrañar que su visión de la educación haya sido adelantada para
su tiempo, un visionario que aspiró a que el país fuera capaz de formar
su propia elite de h
ombres de Estado y de profesionales en las distintas áreas del saber.

Su
genio político le permitió distinguir y la vez conjugar excelencia y
democracia, selección y bien común, formación individual y compromiso
con la patria. Lamentable que estemos en un mes de agosto negro, en que
se debate sobre la existencia misma del Instituto Nacional, se
favorezca el ranking por el origen y no se haga el esfuerzo para que los
jóvenes accedan a mejores niveles de desempeño y puedan conseguir sus
propios logros académicos, incrementando su propio capital social. Es
cierto que la educación es un derecho y un bien a la vez, pero entre el
humo y la trifulca no se distinguen. 

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