Es
un hecho de la causa que el país va de mal en peor. Se siente, se
percibe y se vive día a día. No es necesario ser analista político o
estar atento a las noticias económicas, para darse cuenta que todo se
encarece con una velocidad inusitada. Los empleos escasean y el ánimo de
los chilenos está a la baja. Hay sin embargo, un 30% del país que
siente y opina que estamos estupendos. Que los males que nos aquejan son
responsabilidad de otros; jamás de este gobierno. Los empresarios, la
oposición, el gobierno anterior, los problemas internacionales, el
Congreso Nacional y un sinnúmero de factores exógenos al propio
gobierno. Como si la actual administración estuviese siendo arrastrada
por mares de otras aguas, de las cuales ellos no tienen control, a pesar
que gobiernan. Este es el relato del 30%. Es insólito, pero es lo que
hay, como reza aquella vieja frase.
Por
otro lado, la corrupción en el sistema político, económico e
institucional está poniendo en jaque la subsistencia misma del país. La
corrupción no sólo se trata de robar dinero; de obtener privilegios al
margen de la ley; de recibir o dar coimas para mejorar una posición de
manera ilegítima. Hay corrupción también cuando se privilegia la
ideología por sobre el interés superior del país. Cuando a sabiendas, se
empobrece a las personas para tenerlas cautivas de las dádivas del
gobierno. Cuando teniendo una posición de poder, se mal usa
privilegiando a los amigos y compañeros de partido, al margen de su
idoneidad técnica o profesional. Hay corrupción cuando se promete lo que
sabe que no se puede cumplir. Hay corrupción cuando se compite por el
poder sólo por el interés crematístico de los competidores. Estamos
insertos en este drama como país. Mientras, los actores políticos se
resisten a abordar los temas valóricos. Dará lo mismo el signo
ideológico del próximo gobierno, si se silencia en el discurso y en la
práctica, la dimensión ética y moral de la política y de la economía.
Porque no da lo mismo implementar políticas colectivistas, antes que
políticas libertarias y centradas en los seres humanos. Las primeras
llevan indefectiblemente a la pobreza y subyugación de los pueblos. Las
segundas, a la grandeza de las sociedades y de sus habitantes.
Las
elecciones de octubre de este año, como toda elección de alcaldes y
concejales, además de gobernadores y cores, pueden como siempre,
considerarse como una evaluación al gobierno de turno. De ahí la gran
importancia que los actores políticos le asignan. Algunos pareciera que
sacan cuentas alegres y se dan por ganadores. Y piensan que de ahí a la
elección presidencial, están a un paso del triunfo. Caminan como
desaprensivamente hacia esas elecciones. Pareciera que no tomaran real
conciencia del famoso 30% del gobierno.
En
junio del año 2020 en este diario se publicó una columna mía denominada
“La política desde el odio”. Una generación joven hacía política en
nuestro país odiando al adversario, que veían como moralmente
inferiores. Odiaban los 30 años, quizás los mejores de nuestra historia.
Y hacían política agitando odios y resentimientos por lo que
consideraban injusticias del sistema. Esa forma de hacer política llegó
finalmente a La Moneda y el resultado puede ser cada día peor,
parafraseando a la ex Presidenta Bachelet. Un país altamente dividido en
lo político, ha llevado al desacuerdo permanente y al estancamiento
económico. Todo sumado a que el gobierno quiere aplicar sus recetas
fracasadas antes que emular los odiados, pero gloriosos 30 años.