360°

El 15 de noviembre de 2019 las fuerzas políticas representadas en el Congreso terminaron las negociaciones para la firma del Acuerdo por la paz y la nueva Constitución, como una forma de dar respuesta con más democracia a la crisis política y social expresada en el estallido. Después de 4 años el pueblo soberano, luego de 2 plebiscitos, terminó por rechazar las propuestas de nueva constitución presentadas. Las interpretaciones y justificaciones pueden ser muchas y por cierto variadas y diametralmente diferentes dependiendo de la mirada política, la filosofía o el grado de mezquindad o sesgo con que se haga. Lo que sin duda estaremos todos de acuerdo es que los dos resultados son producto de un inmenso abismo que existe entre los partidos políticos (especialmente los más al extremo) y la voluntad popular, entre quienes se arrogan la representación del pueblo y sus representados. En buen chileno, en las dos ocasiones quienes ostentaban las mayorías circunstanciales “se llevaron la pelota para la casa”.

Ninguna de las propuestas de nueva constitución sometidas a escrutinio popular logró hacerle sentido a las demandas y anhelos de la mayoría de las y los chilenos. La Convención Constitucional con amplia mayoría de las fuerzas políticas de izquierda terminó por presentar un texto identitario, con proyección de futuro, pero “pasándose tantos pueblos” que la hizo inentendible para una ciudadanía conservadora y gradualista. Por otro lado, el Consejo Constitucional esta vez dominado por fuerzas de derecha y extrema derecha nos entregó un texto extremadamente conservador y moralista, también identitario, que llevaba a retroceder a nuestra sociedad en materia de derechos y la búsqueda de igualdad de oportunidades. En ambas ocasiones los extremos de ambas opciones políticas optaron por la soberbia, la falta de diálogo, la imposición de sus propias ideas, para segarse, aislarse y auto-referenciarse para finalmente alejarse de las mayorías y de la voluntad popular que pretendían representar. 

Luego de 4 años y luego de una vuelta larga, volvimos a quedar en el mismo lugar en que empezamos. El mundo político en descrédito, un parlamento sin credibilidad, instituciones cuestionadas y una serie demandas sociales que apremian a la ciudadanía que no tienen solución a corto plazo. Una vuelta en 360 grados que deja todo igual, o casi igual, porque los mismos problemas (quizás algo más agravados) siguen asfixiando a nuestra sociedad, pero el País terminó más desunido y la gente cansada, aburrida y decepcionada. Sin duda, nadie quiere un nuevo proceso constituyente por ahora, pero una cosa está clara: nada ha cambiado y se requieren cambios.

En la derrota la izquierda optó por echarle la culpa a un pueblo “ignorante”, mientras que en igual circunstancia la derecha intenta hacernos creer que la gente quiere y ratifica la constitución del 80, ambas reacciones por supuesto sólo ratifican lo mezquino y desligados que están los partidos de las grandes mayorías populares. Ambos extremos deben partir por reconocer que se equivocaron y que fueron incapaces de entregarnos un diseño de entendimiento que permita navegar a una sociedad con justicia e igualdad a un futuro próximo. 

A pesar del rechazo de ambas propuestas constitucionales el porcentaje de personas que cree que Chile necesita una nueva Constitución se ha mantenido alrededor o sobre el 65% los últimos años, en todos los sondeos. También es cierto que la única vez que la ciudadanía se pronunció sobre el tema la opción por redactar una nueva constitución alcanzó un 78%. Después de 4 años y toda la frustración y cansancio, la gente aún quiere que la Constitución le garantice derechos mínimos para poder vivir dignamente. Aún aspira a mejor salud, educación de calidad para todos, acceso a viviendo digna, la protección de medio ambiente y muchas otras demandas expresadas en la revuelta social. Por ello resulta urgente que el mundo político se concentre en buscar los acuerdos que permitan dar solución a las preocupaciones urgente de la ciudadanía. Es tiempo de unidad, es tiempo de pensar en las chilenas y chilenos, pero de toda la diversidad que ello implica.

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