En
mi familia siempre se recordaba con emoción el 4 de septiembre de 1970,
fecha en que fue elegido presidente de Chile el compañero Salvador
Allende Gossens. El gobierno de Allende encarna y corona una serie de
demandas de pobladores, estudiantes, artistas, obreros y profesionales,
que producto de las injusticias sociales e institucionales de nuestra
sociedad, impulsaron movimientos por décadas. Una revolución en
democracia que educó, movilizó y fidelizó partidarios por justicia y
cambios estructurales. La unidad y el respeto a las diferencias nos
llevó al triunfo.
El
gobierno de Salvador Allende fue la culminación de un proceso de
construcción consciente de las fuerzas populares para instalarse en la
administración del aparato estatal y, desde allí, avanzar hacia la
construcción de una sociedad más justa, democrática y solidaria, en
donde la igualdad de oportunidades fuese el eje rector. Una revolución
fraterna, en donde el centro de atención era el desarrollo armónico de
las familias. Una revolución en democracia que buscaba generar, avanzar y
profundizar transformaciones respetando la voluntad soberana de nuestro
pueblo.
Aquellos
sueños de una patria nueva, justa y democrática se interrumpieron
abruptamente el 11 de septiembre de 1973. Las reivindicaciones sociales,
estudiantiles, gremiales y gubernamentales fueron violentadas,
postergadas y retrotraídas por una dictadura autoritaria, represiva,
criminal y extremadamente conservadora. Ante un escenario oscuro sólo la
valentía y consciencia de las y los chilenos nos daba una luz de
esperanza por un Chile mejor: «Trabajadores de mi Patria, tengo fe en
Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo
en el que la traición pretende imponerse».
Creer
que otro Chile era posible alimentó la resistencia a la dictadura
cívico-militar. Las palabras del compañero Allende en La Moneda nos
marcaban el camino: «Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que
tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre
libre, para construir una sociedad mejor». Poder superar la dictadura
requirió la valentía y compromiso de un pueblo, pero también la
hidalguía, claridad, solidaridad y generosidad de todas las fuerzas
sociales y políticas que luchaban por recuperar la democracia. Sólo
construyendo grandes mayorías sociales y políticas pudimos reconstruir
Chile.
Los
Gobiernos democráticos avanzaron en dar más estabilidad y bienestar a
nuestra sociedad y ciertamente lo lograron; sin embargo, las brechas de
desigualdad propias del modelo neoliberal, agravadas por la falta de
políticas sociales efectivas, derivó en compatriotas que disfrutaban los
beneficios de la economía, pero también en una mayoría de otros
compatriotas que sufren el apremio de las necesidades básicas, el
endeudamiento y postergación. Caldo de cultivo que gatilló el Estallido
Social y la manifestación de miles de chilenas y chilenos que gritaron
basta ya.
La
presión social nos llevó a un nuevo proceso constituyente, con la
esperanza de generar nuevas reglas de convivencia que impriman
solidaridad, justicia y dignidad a nuestra sociedad. El destino
determinó que sea nuevamente un 4 de septiembre en que los chilenos y
chilenas puedan expresar en las urnas sus deseos de un Chile más justo y
solidario. Sin embargo, en esta oportunidad las fuerzas de centro
izquierda fueron derrotadas en las urnas. A 52 años del triunfo de
Allende, las fuerzas populares obnubiladas de arrogancia e irrealismo
lograron llevar un 78% de votación favorable a una nueva Constitución a
una derrota del 38% de aprobación al texto propuesto. El individualismo y
la poca claridad política permiten explicar esta derrota, a lo cual se
suma la falta de conducción política, ausencia de liderazgo, prácticas
sectarias de exclusión y descalificación de fuerzas aliadas, falta de un
acuerdo y exceso de agendas propias, conductas impropias en relación
con la dignidad del cargo constituyente y actitud ofensiva y aversión a
emblemas nacionales.
El
plebiscito del 4 de septiembre fue una derrota electoral e ideológica
importante para todos quienes hemos luchado por una patria justa y
solidaria. Si pretendemos avanzar hacia una nueva sociedad es necesario
la autocrítica y aprender de los errores. No perdimos porque las ideas
fueran las equivocadas, perdimos porque todas juntas sin gradualidad sin
sentar bases ideológicas fuertes en la población hacían imposible la
implementación del nuevo Chile de un día para otro. Quizás haber ganado
con tanta diferencia el plebiscito de entrada hizo pensar a los nuevos
revolucionarios de Iphone y Tablet que el adversario político e
ideológico estaba reducido y rendido. Creer que perdimos debido a la
estrategia comunicacional de la derecha o porque el pueblo es ignorante
(una ofensa impropia e injusta) es no reconocer nuestra responsabilidad.
Perdimos por la dispersión y fragmentación de las fuerzas políticas de
centro izquierda. Perdimos por falta de unidad. Perdimos por la falta de
acuerdo y proyecto común. Perdimos por no construir mayorías. Sin
embargo, el escenario es circunstancial, y sólo es un atraso para la
concreción de una nueva sociedad justa y solidaria. En este tránsito
entre luz y sombra, ya vendrán días soleados, y dependerá del respeto y
la madurez de las fuerzas políticas.