La Declaración Universal de Derechos Humanos es un documento histórico que proclama los derechos inalienables que corresponden a toda persona como ser humano, independientemente de su raza, color, religión, sexo, idioma, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Elaborada por representantes de todas las regiones del mundo con diferentes antecedentes jurídicos y culturales, la Declaración fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948 en su Resolución 217 A (III), como un ideal común para todos los pueblos y naciones. Puede resultar incomprensible que, transcurridos 72 años desde su proclamación y con tantas evidencias que muestran con nitidez la significancia del abuso como contradicción humana fundamental, debamos una vez más plantear y proponer que solo alcanzaremos nuestros objetivos básicos de vida (la felicidad, la plenitud, la entereza) en todo el mundo si somos capaces de crear igualdad de oportunidades para todos, abordar los fracasos que la pandemia ha dejado en evidencia y aplicar las normas de derechos humanos para hacer frente a las desigualdades, la exclusión y la discriminación arraigadas, sistemáticas e intergeneracionales. Es importante entonces recordar que la afirmación fundacional de esta Declaración Universal es simplemente que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Es esta la sencilla condición humana que se oculta, muchas veces intencionadamente, cuando se pierde la certeza y cuando la respuesta que surge, al faltar todo punto de referencia, es el parecer y el poseer, como valores, y el consumismo. Nuestra sociedad, en la cual nos desenvolvemos diariamente durante los pocos años que dura la vida, nos apremia con la idea de que todo lo que tenemos es cambiante y tiene fecha de caducidad, deteriorando el modo como nos relacionamos en un escenario de conectividad global y alterando aspectos significativos de la filosofía de vida, los valores y lo que se considera ético y moral. El nuevo llamado implícito en la Declaración que ayer celebramos y que hoy recordamos como inherentes a cualquier condición humana, incluye los desafíos claves que enfrenta el ser humano en la actualidad y que están asociados a la erradicación de cualquier tipo de discriminación, a la actuación concreta frente a las desigualdades, al apoyo permanente a la participación y solidaridad y el necesario fomento de un desarrollo sostenible. Estos temas desafiantes para el futuro de nuestra modernidad e incluso para nuestros estilos de vida, han sido reconocidos y ratificados una vez más por la Gran Logia de Chile en su reciente Carta Sobre los Derechos Humanos, como piezas fundamentales de este gran esfuerzo y legado humano por defender, bajo cualquier circunstancia o condición, la dignidad humana, vale decir, todo aquello que hace referencia al valor inherente al ser humano por el simple hecho de serlo, en cuanto ser racional, dotado de libertad. Siempre es posible elegir ser humano, siempre es posible elegir ser moral. En esta elección estriba la dignidad humana, especialmente cuando nos enfrentamos a una presunta ausencia de alternativas.