A la sombra de Humberto Maturana (y de Ximena Dávila)

Desde
su reciente partida, el pensamiento de Humberto Maturana y de Ximena
Dávila ha estado en movimiento de manera más activa y clara que cuando
estaba en perfecto cumplimiento de sus condiciones vitales. Sus
contribuciones al entendimiento del sentido de lo humano que surge de su
ser biológico han estado destinadas a sembrar ideas en todos los que
consciente o inconscientemente desarrollan un quehacer cotidiano para
que el cosmos que generamos con nuestro vivir surja y se conserve
armónicamente acogedor para todo ser humano, en su dignidad ética y
social. Y en aquellos que se vuelcan, día a día, en todo lo que hacen
para que la Humanidad salga de la ceguera ética que genera el vivir
enajenado en el competir y la búsqueda del enriquecimiento a cualquier
costo. Los días actuales de nuestro país se han llenado de deseos que
apuntan hacia esos sentires de Maturana, faltando aún la expresión clara
y profunda de los valores que están subyacentes a las posibilidades de
las cuales Maturana primero y luego con Dávila han dejado, por un
momentáneo lapso de razón, instaladas en nuestras periferias
intelectuales. En su modo, nos propone que la condición “Convivir en el
Conversar” es una gigantesca dinámica transformadora de modos de vivir,
de tal forma que, si vamos tras un mejor vivir, tal condición es un
requisito indispensable para distanciarse de los Homos conservadores de
los sentires de superioridad, agresión y arrogancia y para el inicio de
un proceso de transformación global de la sociedad. Así, celebrar a
Maturana obliga a sumarse a su idea fundamental de que la emoción que
funda y constituye lo humano es el amor. Desde allí se reproducen las
conductas que representan aspectos de nuestro vivir relacional en los
que sentimos que nos importa el bien-estar de otros, evitando
conducirnos de modo que les produzcamos daño; y esto es el resultado de
la conservación en la historia evolutiva humana, de nuestra condición
biológica fundamental de seres amorosos y que permitió el origen
espontáneo y la presencia creciente hasta hoy de conductas éticas,
morales y altruistas. Siendo cuestión elemental, no es difícil seguir el
hilo conductor de Maturana cuando propone que las teorías y doctrinas
conque buscamos justificar la discriminación surgen siempre en el
intento, consciente o inconsciente, de satisfacer deseos egóticos que
niegan el amar, frecuentemente, desde adicciones culturales por el
éxito, el progreso o el poder.

El
Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, entidad que próximamente
celebra 159 años en búsqueda de una apertura de caminos que conduzcan a
la plenitud de la dignidad h
umana
y con todas sus posibilidades de expresiones en base a la libertad,
igualdad y fraternidad, nos ha planteado en este contexto que las
conductas humanas no nacen de la nada, sino que son parte de una heredad
cultural que nos determina y que se constituye y reafirma en la
iteración de un relato arcaico. Desde este plano, la masonería como
expresión libre individual y colectivamente es un modo y forma de
eticidad, de valores que se plasman en un plan virtuoso construido con
decisión determinante en torno a la tolerancia, la filantropía y la
solidaridad. Dentro del concepto masónico del ser, se considera que
todo
individuo es perfectible, y que sus conductas pueden ser mejoradas a
través del amor fraternal y del conocimiento que cada cual debe
desarrollar de sí mismo.

El gran camino que surge de ambas posiciones humanistas está plagado de buenas y reponedoras sombras.

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