A mi padre lo honro cada día

Millones de chilenos, de magallánicos recordamos ayer a nuestros Padres o los abrazaron con cariño, con admiración, con respeto y con agradecimiento, porque hicieron posible, junto a sus madres, que ellos, como yo, llegáramos a esta Vida, compartiendo techo, cama, macarrones, pan, a veces duro, en el seno de nuestras Familias.

Para muchos, el ser Padres es un sentimiento que no es fácil de describir porque cada hija, cada hijo, finalmente, es un ser humano diferente, cercano o lejano no importa, porque lo trascendente es que sean personas de bien, con todos los atributos más positivos que puedan  aquilatar desde pequeños.

Yo no me dejo llevar por el carnaval que se desata antes y durante las horas previas al Día del Padre: hay que ser lo todos los días, a toda hora, estar siempre dispuesto a compartir alegría, penas, dejar atrás incomprensiones, momentos ingratos, diferencias, pero que no alteran la esencia de la Paternidad.

Por el contrario y fiel a mis principios y valores – DIOS, PATRIA, FAMILIA, LIBERTAD – cada día recuerdo a mi Padre, un hijo de las orillas de la desembocadura del río Rapel, allá en la comuna de Navidad, en Colchagua, tierra de gente noble, patriota desde siempre como todos y cada uno de nuestros huasos y hombres de campo.

Enrique León León, QEPD., “LEONCITO”, como era llamado con cariño y mucho respeto, un modesto obrero municipal, fue un sabio que nos educó a sus cuatro hijos y estuvo siempre al lado de mi madre, doña Elsa Ponce Ponce, QEPD., e hizo lo mismo con los tres hijos del primer matrimonio de la mujer de su vida.

Ese hombre bueno fue obrero esforzado, garzón amable, leñador dueño de hachas y machetes, jardinero excepcional por su “buena mano” y nos describió el mundo real, al que conoció de joven y vivió las historias de los años cuarenta en adelante hasta que la Muerte lo sorprendió y Dios lo llamó a su presencia el 24 de diciembre de 1988, rodeado de su familia y de miles de amigos, compañeros y conocidos, que concurrieron, pese a la fecha, a darle el último adiós.

Me dejó, nos dejó, una gran tarea: ser el primero en servir y el último en ser servido; que la Esperanza seguirá viva cada día, porque, nos decía, incluso después de la noche más negra… Siempre saldrá el Sol…. Aunque esté nublado y que lo único que nos llevaremos al otro mundo es lo que hicimos por los demás, sin pedir nada a cambio, simplemente porque Sí.

Gracias por tu maravillosa herencia, querido Padre, inolvidable “Leoncito”; dentro de un tiempo que sólo Dios sabe, celebraremos TU DÍA ALLÁ EN LA ETERNIDAD.

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