El mundo se apresta a dejar un año calendario para el olvido, según el decir de muchos, y dar la bienvenida a otro cargado de esperanzas, de renovación, de superación de la ya tristemente famosa pandemia.
Pareciera que el 01 de enero próximo, fuera el comienzo de un nuevo comienzo; el vaticinio de doce meses forzosamente mejores al de los ya transcurridos, como una suerte de renacer después de un invierno demasiado largo. La vacunación que comienza en nuestro país gracias a la oportuna gestión del gobierno a mediados de este año – nobleza obliga a reconocer lo evidente – cuando arreciaba el ataque inmisericorde de la oposición, alienta aún más la esperanza de un cambio sustancial en el combate que se sigue contra el agresivo y todavía misterioso virus.
Muchas circunstancias se conjugan entonces para avizorar un año 2021 mejor que el que ya fenece. Si hasta la economía del país muestra signos de mejoría, luego de meses en franca agonía. La vida sin embargo, no transcurre de año en año como compartimentos separados y distintos unos de los otros; no es la vida sino un devenir continuo, sin que las más de las veces no podamos ver la inmensidad del panorama que se construye.
Mirar el bosque en su conjunto no es tarea fácil cuando se transita por caminos tupidos de árboles que impiden ver el cielo, y la muerte es una compañera cotidiana en el andar por el camino zigzagueante de una vida dura y amenazada por una enfermedad que se expande urbi et orbi. Luego, después del 31 de diciembre, habrá caído la última hoja del calendario, pero las circunstancias seguirán galopando por nuestras calles y avenidas, y deberemos entender que un día menos es un día más en el combate contra el enemigo microscópico.
En el terreno mundano, Chile comenzó el 2020 bajo ataque y una revolución que pretendía imponerse, a pesar del Acuerdo firmado en noviembre del año pasado, con el que se quería pacificar el país luego de un mes plagado de odio, destrucción y muerte. Dicho acuerdo no logró traer la paz al país, sino sólo abrir el proceso para redactar otra Constitución Política que por fin puede traer la legitimidad de la cual la vigente carece, al decir sólo de un bando político.
Llegó después la pandemia y de alguna manera, el país queda suspendido en el tiempo, y se nos ordenó cerrar nuestras casas, calles y parques, a la espera que el virus ya no encontrara humano a quien asaltar como un ladrón en la noche. La economía cae a niveles no vistos casi por una generación que nació bajo la modernización capitalista, esa que da bienestar material y libertad, mas es esquiva al concepto de comunidad y al sentido de pertenencia a una sociedad de la cual todos somos responsables.
Por su parte, el actual gobierno es repudiado por moros y cristianos, por propios y ajenos, sin que el primer mandatario logre la adhesión necesaria para gobernar con una mínima tranquilidad, todo lo cual es azuzado y promovido desde el Congreso Nacional de mayoría de izquierdas, que está más ocupada de malograr al gobierno que actuar con sentido de Estado y de responsabilidad institucional. La oposición le enrostra al gobierno el escaso apoyo ciudadano que tiene, como aquel que mira la paja en el ojo ajeno, mas no la viga en el propio.
Para la historia negra de nuestro país, quedarán los registros de las intervenciones y actuaciones de los parlamentarios, que por activa o por pasiva, son parte sustancial de la crisis que vive nuestro país, y por eso su casi nulo respaldo ciudadano. A modo de resumen, seguiremos insertos en este ciclo político y sanitario de proporciones pandémicas.