En esta semana se cumplieron tres años desde el 19 de octubre de 2019.
El tiempo es inexorable, veloz, marcha rampante en nuestras vidas y lo
que hasta hace poco tiempo eran unas determinadas certezas, la pátina
del tiempo las descolora o simplemente las reemplaza por otras que como
aquellas, están hechas de ilusión y esperanza. Lo que hasta hace tres
años era visto como necesario, conveniente e incluso esencial, hoy
pareciera formar parte de un pasado que si bien es cercano, se antoja
distante porque ahora los razonamientos o las pulsiones son otros. Si
hasta ayer la violencia era vista como el camino para cambiar el destino
del país, esa misma violencia hoy incomoda porque es cotidiana, afecta
el diario vivir; abrimos una puerta y hoy no sabemos o no podemos
cerrarla. Se permitió que en nombre de una supuesta redención del
”pueblo” y de una también supuesta “justicia social” se cometieran
delitos contra la propiedad pública y privada, incluso se contaran
muertos producto de la revuelta, como aquel que fue encontrado calcinado
dentro de un supermercado atacado e incendiado en Arica. Igual cosa
sucedió en Santiago en una antigua fábrica textil. Nadie excepto sus
deudos hoy les recuerdan. Para algunos la revolución moral implica actos
dolorosos, pero inevitables. Hoy sabemos que no es posible aceptar un
argumento como este; en realidad nunca ha sido aceptable, pero el
discurso moralizante de aquel tiempo relativizó el orden y la seguridad
como un componente básico de la convivencia humana. Los tuits y
declaraciones de autoridades actuales de gobierno denostando a
Carabineros, alentando la impunidad y la rebelión en esa turbulenta
época, hoy son borrados o explicados bajo el hipócrita manto del
contexto.
Sabemos
también que lamentablemente el país estos últimos tres años ha
decrecido en casi todos los aspectos o índices de la vida social. Muchas
de las causas del deterioro económico, político, social hunden sus
raíces en los hechos del 18 de octubre del 2019 y sus días posteriores.
Es evidente que el Gobierno y sus partidarios no reconocen esta
circunstancia, pero también es evidente que su ideología es impermeable a
cualquier realidad de este tipo. Después de tres años el país no es un
mejor país y se encamina a ser una sombra o un recuerdo de aquel tiempo
de imperfecciones como de progreso.
El resultado del 4
de septiembre recién pasado fue un varapalo para las intenciones
refundacionales del Gobierno y sus partidarios, pero quienes se ponen en
un altar de moralidad superior y de redención, el
rechazo fue sólo un tropiezo y siguen a la espera que el viento o sus
dioses le den sus favores. Incluso se atreven a decir o pensar que el
pueblo va lento en relación a los cambios que ellos tienen planificado.
Nuevamente el largo camino que trazaran sufrió para ellos sólo una
espera, un alto forzado por quienes califican como moralmente
inferiores.
A
tres años seguimos hablando de Constitución; seguimos moldeando desde
arriba un destino que debiera comenzar desde abajo, desde los humildes,
desde la pobreza y la marginalidad. A tres años el destino aunque
temporalmente pegado al presente, nos parece tan lejano y tan incierto, a
la vez que angustia y desespera a tantos. Seguimos ocupados de las
normas constitucionales y pre ocupados de la degradación de nuestra
convivencia y del espacio público. A tres años no hay razón para
celebrar, porque cuando nos dijeron que despertamos, en realidad nos
sumimos en una pesadilla de la que sí queremos despertar.