Las consecuencias finales de la crisis social y sanitaria por las que atraviesa en la actualidad no sólo nuestro país, sino que la globalidad instalada en el planeta, son difíciles de predecir. Más aún cuando las conectamos con la, aparentemente, menos urgente crisis ambiental que también golpea a la humanidad. Tal es así, que las posibles soluciones para algunos temas urgentes, pueden constituirse en barreras insalvables si se pretende sortear al mismo tiempo y con éxito inmediato, otras situaciones iguales o más complejas, con lo cual se hace mucho más incierto el destino que nos espera a la vuelta de la esquina. Sin embargo, esto que pareciera tener a nuestro actual sistema de relaciones y de gobernanza en un estado críticamente inseguro, ha sido un proceso recurrente en la historia de la humanidad, con los consiguientes cambios que, durante milenios, se han introducido en las estructuras y en las organizaciones y que han permitido llegar al actual momento de incertidumbre que nos rodea. Claro está, con una población humana creciente, con recursos naturales fuertemente presionados y con una cultura que no puede asimilar las lecciones del pasado para predecir el tipo de futuro que nos espera incluso a muy corto plazo. Para una sociedad que ha tratado persistentemente de levantarse apoyada sobre estructuras más o menos rígidas, la gran variedad de opciones siempre disponibles genera lamentables ambigüedades en las definiciones y desconfianzas mutuas en las capacidades de los otros, sin tomar en cuenta que la aparición de hechos que no son previstos de modo alguno, pueden cambiar completamente la agenda y el sentido de la historia. Hemos aprendido, por condicionamiento cultural, a subvalorar de manera crónica la posibilidad de que el futuro se salga del camino inicialmente previsto.
El cambio ha sido norma obligada no sólo de la condición humana, sino que la de todo el planeta y el universo, de tal manera que un tema central en la discusión que mantenemos abierta en el país, debiera incluir el cómo logramos construir una sociedad que pueda resistir incluso eventos difíciles de predecir. Como consecuencia lógica, ello nos permitiría aprender a cómo vivir y actuar en un mundo que no entendemos y a construir un sistema más sólido frente a los eventos inesperados que, de tanto en tanto, suelen ocurrir a diversas escalas de espacio y de tiempo, en nuestro limitado e impredecible planeta. Para avanzar en este cometido, es indudable que requerimos de una sociedad que sepa no solo vivir en diversidad, sino que, de manera fundamental, permita que las verdades dialoguen sin ejercer ni pretender la hegemonía, a fin de promover una nueva voluntad social basada en la concordia y la mesura. Teniendo en cuenta que los cambios que se avecinan y sus diversas consecuencias para toda la ciudadanía están dentro del ámbito de lo impredecible, es razonable pensar que las decisiones que correspondan con los nuevos desafíos que enfrentamos, deban ser tomadas por personas o representantes que deberían enfrentar, de alguna forma predecible, las consecuencias de sus actos. Hemos señalado permanentemente que esto es posible, en la medida que la necesaria preservación de la dignidad humana y sus correspondientes derechos, se establezca en torno a los valores que surgen de la libertad, la igualdad y la fraternidad.