¿Acuerdo posible?

Esta
semana Chile estuvo de fiesta y como siempre, pareciera ser que los
problemas quedaron relegados. La chilenidad reanimada después de los
intentos de eliminarla por los aires refundacionales, hizo de bálsamo.
Pero esta apariencia era exactamente eso, un espejismo. Entre
celebración y celebración, como siempre, contamos los muertos por
accidentes, superando ya en la previa al año anterior. A estas muertes
por accidentes se suman 7 homicidios en la Región Metropolitana,
incluido el asesinato de un carabinero de franco.

En
el marco de esta realidad, el arzobispo de Santiago, Fernando Chomalí
llamó a “un acuerdo nacional en temas de seguridad” asegurando que
“Chile no se acostumbrará a descuartizados”. Es bueno escuchar la voz
del pastor que estuvo silente por tanto tiempo. Tras ventilarse los
errores humanos, pecados y crímenes de miembros de la Iglesia, ésta
decidió silenciar, no opinar de nada, para que los ojos de la opinión
pública mirasen para otro lado. Los feligreses y la sociedad chilena se
vieron abandonados de la tradicional guía ética. Faltó esa voz, incómoda
para muchos, que marcaba el punto claro en la objetividad del bien y el
mal. Hoy el arzobispo de Santiago habló y lo hizo de modo firme y
contundente, lo que obligó a todos los sectores a asentir, independiente
de su real pensamiento. Habló con la verdad frente a la evidente crisis
moral de la nación. Hasta Camila Vallejos, tras asistir a misa, cosa
que el cargo la obliga, calificó el mensaje como positivo y manifestó
estar de acuerdo en un 99% de lo dijo el arzobispo en la homilía. Más
allá de sus diferencias en relación a lo “valórico”, el aborto y la
eutanasia, dos cosas que el arzobispo abordó, sus diferencias son más
que esenciales e irreconciliables. Ella como comunista chilena, de
corriente marxista leninista, valida la violencia como método de acción
política. Como religión de sustitución, su doctrina odia a Dios y a la
religión establecida, ya que la ven como “el opio del pueblo”. Eso que
invalida el clásico “El Fin Justifica los medios” que tanto sirve a su
causa. Su doctrina por esencia separa la moral y la política, algo no
poco común en la historia. Sin embargo, más allá de las diferencias
esenciales, ella estuvo ahí con sus incólumes looks. Con sus labios
carmín , emulando al rojo del partido, siempre “dispuestos al beso
traidor”, si la causa lo amerita. Por lo mismo, el gran tema es poder
poner de acuerdo a partes que conciben la realidad de un modo tan
diverso. Sin noción objetiva del bien y el mal es imposible acuerdo
alguno. Menos para responder a la seria crisis moral que vive el país.
Hay que entender que matar, robar, mentir y otros “pecados” y males,
como quieran llamarlos, son siempre malos. Lo malo nunca es bueno, ni
con el mal se puede hacer el bien. No puede ser visto lo malo como bueno
cuando es instrumental o servil a una causa. Eso es Maquiavelico, “el
fin justifica los medios” y es la separación de la moral y la política,
un retroceso civilizatorio por donde se lo mire. La violencia es
siempre mala y es, de hecho, incompatible con la democracia. La
democracia reemplaza la tradicional violencia política por el voto y
anula la violencia física como un modo de hacer política. El leninismo
es por tanto siempre antidemocrático. Condenar la violencia siempre es
el mínimo. Por tanto, el primer acuerdo debe ser condenar la violencia
siempre y usar el monopolio de la fuerza que tiene el Estado contra los
antidemocráticos violentistas. A ese acuerdo no vamos a llegar. Ella y
compañía validan la vía armada y les gusta La Moneda y la calle.

Chile
no da más, la crisis de seguridad que nos agobia es la cosecha del
hecho que ciertos sectores validaron e incentivaron la violencia y
lucraron desde el crimen. Fue el “río revuelto” el que les dio “la
ganancia de pescadores”, el poder. Por eso el arzobispo dijo “La
seguridad no es un tema meramente político, sino que es un tema ético,
anterior a cualquier otro asunto. No puede ser una moneda de cambio para
ser negociada por una ley u otra concesión”. Chomalí aseguró algo que
todos tenemos claro, “hoy, por lejos, lo que más preocupa es la
seguridad. Nadie se siente seguro, nadie pueda garantizar que no le
harán un portonazo, un turbazo, una encerrona o que no lo asaltarán”.
Aseguró que Chile no quiere eso, hablando en nombre de tantos
compatriotas. Es por eso, que hoy no condenar la violencia y el crimen,
les quita votos y por eso, para la galería, se muestran como lo que no
son. Lo claro es que el arzobispo tiene razón al enfatizar en el hecho
de que “si no hay una acción conjunta de la sociedad, el país corre el
riesgo de convertirse en rehén del crimen organizado y que pronto será
tarde ya que comenzará a regir la ley del más fuerte y que el Estado
será un mero espectador.” Este flagelo, permea todas las instituciones y
ya no hay vuelta atrás. Es en ese marco que exhortó al “gran acuerdo
Nacional” en el que llamó a escuchar y dialogar. El gran punto es ¿cómo
dialogar con quienes por naturaleza engañan y consideran lo bueno y lo
malo de modo subjetivo, en función de sus fines políticos? Chile tiene
una crisis de seguridad, sin duda. Pero antes de eso tiene una crisis
moral de envergadura. El arzobispo hizo mención a los casos de
corrupción y a la objetividad del bien y el mal. La corrupción es
siempre mala, la ejerza quien la ejerza. Robar es siempre malo y no hay
ley que pueda éticamente hacer que tomar lo ajeno sea bueno y hay
ideologías que es eso precisamente lo que buscan. Frente a estas dos
visiones de mundo, la gran pregunta es ¿si es posible un acuerdo? La
respuesta es que es imposible.

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