Cada
mes de octubre celebramos en Chile el mes del adulto mayor. Una
celebración algo a medias, para ser sincera, pues el tema de la vejez y
cómo dignificamos a los adultos mayores en nuestro país siguen siendo
tareas pendientes, a pesar de los esfuerzos de distintos gobiernos, en
cuanto a no solo mejorar sus pensiones, sino también generar conciencia
de que ellos y ellas siguen siendo actores relevantes de nuestra
sociedad.
Quienes
atraviesan hoy su tercera y la también llamada cuarta edad en Chile,
viven en la gran mayoría de los casos una realidad diametralmente
distinta al resto de la población. Chile es una nación, que al igual que
el resto del mundo, está envejeciendo, donde la esperanza de vida
aumenta en cada generación, principalmente gracias a los avances en
materia de salud.
Dicho
elemento ha permitido que hoy tengamos un porcentaje no menor de
adultos mayores activos, energéticos, autovalentes, que superan el
prejuicio que tenemos respecto a una persona que supera los 70, 80 o 90
años de edad y que siguen siendo actores importantes no solo en sus
comunidades, sino también son el pilar y ejemplo de sus familias.
Sin
embargo, dicha realidad no se repite con la gran mayoría de adultos
mayores que viven abandonados, olvidados por sus hijos y nietos, a pesar
de la entrega y dedicación que tuvieron para con sus familias por años,
educándolos, alimentándolos, dándoles salud y, por sobre todo, amor.
Adultos
mayores que se han visto particularmente afectados por las medidas de
restricción que se debieron adoptar en los 18 meses que nuestro país
estuvo en confinamiento, producto del estado de excepción constitucional
por la pandemia del Covid-19, y que sin duda no solo los afecto en sus
rutinas, sino también en su salud mental.
Y
un número importante de ellos son personas dependientes, que necesitan
de cuidados especiales. Sin embargo, muchos de ellos están abandonados a
su
suerte, en casas de acogida de larga estadía, donde quedan bajo el
cuidado de personas que tratan de mantenerlos activos. Lo mismo
encontramos en hospitales, postrados en camas, atendidos por enfermeras,
con visitas ocasionales de sus parientes o simplemente no cuentan con
redes de apoyo, no tienen a quién recurrir al momento de tomar
decisiones que pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Si
a eso le sumamos las bajas pensiones que hoy reciben, el panorama no se
ve muy alentador para tener el ánimo de estar celebrando el mes del
adulto mayor.
Por
eso el llamado es a que el Estado asuma la responsabilidad de no solo
generar políticas públicas efectivas, en cuando a tener una vejez
activa, sino también que estas sean bien ejecutadas, con una evaluación
constante en el tiempo, que permita ver dónde se está fallando y qué
cosas se pueden y deben mejorar.
No basta con manifestar una preocupación y contentarnos
con las acciones que realizan organismos públicos como el Senama,
municipalidades u otras organizaciones. Los temas de la tercera y cuarta
edad, de las pensiones, son elementos de los cuales debemos ocuparnos
hoy, de forma decidida, por cuanto seguirán presentes el día de mañana.