Ahorros

Entre
la algarabía referida a la envidiable creatividad de los
constituyentes, un tema que ha ocupado bastante espacio en los medios es
el referido a las AFP y, más específicamente, al destino de los fondos
previsionales.

Así,
han aparecido opiniones que ocupan todo el espectro, desde la
preocupación por la eventual usurpación de los fondos previsionales por
un extremo, hasta el opuesto, en que algunos han llegado a plantear que
esos fondos derechamente no pertenecen a los trabajadores.

Partamos
entonces por la propiedad de los fondos: el dinero que está en la
cuenta de cada trabajador que ha cotizado, es producto del aporte del
trabajador, que todos los meses en forma directa o indirecta depositó un
porcentaje de sus ingresos en una AFP para que lo administre. Ese
dinero es tan suyo como que recibe una cartola periódica en la que se
indica la cantidad que tiene en su cuenta, y tanto es así que cuando se
pudo retirar algo el año pasado, nadie puso en duda si esa plata venía o
no de la cuenta de cada trabajador. Por cierto no la puso algún
dadivoso benefactor, ¡ni menos el Estado! Esto es muy relevante porque
el fondo de la discusión respecto a los fondos previsionales tiene que
ver con qué hacer con plata que sí tiene dueño: es NUESTRA plata.

Por
cierto, la cantidad de plata que cada uno tenga en la cuenta de la AFP
dependerá de lo que se haya aportado durante la vida laboral, y que
tendrá que ver con los ingresos percibidos, la constancia en el aporte o
la situación particular de cada uno. Por eso, la jubilación proyectada
puede ser muy distinta en cada caso y, por cierto, hay todo el espacio
del mundo para discutir si el sistema es realmente justo, sobre todo en
los casos en que los aportes son insuficientes para otorgar una pensión
decente, porque el sistema será mejor o peor; pero brujerías no hace: si
no hay fondos suficientes, no podrá entregar una buena jubilación, y
claramente no es un escenario viable el que una parte relevante de la
población no pueda jubilar decentemente.

De
lo anterior se deduce lo complicado de los retiros, porque implican una
reducción de la plata ahorrada, que en muchos casos desgraciadamente
llegó al cien por ciento. Cabe aquí cuestionar la genial movida política
pues los retiros son un excelente ejemplo de “sacar las castañas con la
mano del gato” en que buena parte de los ahorrantes quedamos felices
porque pudimos disfrutar de la “ayuda” gastando NUESTROS ahorros
mientras los políticos se atribuían la excelente gestión: es fácil la
caridad con la plata ajena, y eso es exactamente lo que se hizo. Y ello
sin entrar a considerar el impacto en el mercado y vida diaria que tuvo
esa cantidad extraordinaria de plata extra, que en la práctica fue algo
muy parecido a imprimir billetes, clásica fórmula de los gobiernos
populistas de nuestros vecinos; pero que acá financiamos con nuestros
ahorros.

Tal
vez lo único bueno, en el mediano a largo plazo, es que quedó claro que
las platas que pudimos retirar eran nuestras, que en realidad existían,
y que por lo tanto vale la pena defenderlas. Por eso, cuando existe
alguna duda fundada sobre la posibilidad de perder lo que ha quedado en
las cuentas individuales tal como sucedió en Argentina, no es tan
estúpido pensar que cualquier cantidad que se pudiere sacar minimizaría
esa eventual pérdida. Aquí sí que vale el “pan para hoy”, si la
alternativa es, efectivamente, “hambre para mañana. Así entonces,
volviendo a la contingencia, si bien para la economía del país un quinto
retiro parecía ser una mala idea, no es claro que fuere tan mala desde
el punto de vista de los ahorros de cada trabajador.}

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