Aire libre

Días atrás observaba con
asombro el despacho de una nota de prensa de un periodista desde una
pequeña embarcación en medio del Estrecho, que seguía el derrotero de
los hermosos veleros que desfilaban por la bahía de Punta Arenas. Una
lástima que justo ese día el viento era prácticamente nulo y no pudimos
ser testigos del espectáculo de navegación a vela… …tal vez por eso, por
la falta de viento, el periodista en cuestión, al aire libre en la
cubierta de una patrullera de la armada, lucía una mascarilla que
felizmente evitaba que el aire expelido de sus pulmones contaminase a
sus vecinos con la carga viral que pudiese haber contenido. Seguramente
le evitaba también respirar el aire contaminado que no era barrido por
el, en ese día, inexistente viento patagónico.

Sin
entrar a cuestionar si los poros de la tela son o no mil veces más
grandes que los virus, hay que reconocer que puede tener algún sentido
que se frenen las gotas de saliva que entran y salen junto con el aire
que respiramos (aunque también podríamos preguntarnos por qué, si esas
gotas de saliva son tan dañinas, para hacer un PCR nos meten un palito
hasta el fondo de la nariz en vez de simplemente pedir que escupamos
para tomar la muestra…) y protegernos de ser infectados o infectar. En
fin, podría tener algún sentido el uso de mascarilla en lugares en donde
el “distanciamiento social” no se pudiere mantener (excluyendo
conciertos, fiestas y marchas multitudinarias, restaurantes en que
estemos sentados comiendo, etc., porque sabemos que allí el virus guarda
especial cuidado en no activarse).

Pero
al aire libre, a metros de distancia de otros, más encima con nuestro
dichoso viento, el uso de mascarilla es simplemente ridículo: si el aire
está tan contaminado que respirar al aire libre puede enfermarnos,
claramente una tela no va a evitar que entren los virus; y, si el aire
está limpio, claramente no necesitamos filtrar nada.

Lo
mismo se puede argumentar en espacios cerrados: la efectividad del
filtrado va a ser inútil si todos los presenten terminan respirando el
mismo aire, recirculándolo entre todos, por lo que no tiene mucho
sentido que en las aulas los alumnos sean obligados a respirar (mal) a
través de un filtro.

Y
lo anterior sin entrar a analizar qué pasa cuando se respira a través
de una barrera que impide la oxigenación completa al hacer deportes, o
cuando se piensa en la cantidad de microorganismos que se acumulan en la
mascarilla y que se incorporan a nuestro flujo aéreo al respirar (y
mejor ni hablemos de mascarillas “recicladas” o usadas después de días
en un bolsillo…)

Por
suerte en muchos países ya se ha eliminado o flexibilizado su
obligatoriedad. Por nuestro lado, Chile Chico es la primera comuna del
país que determina la no obligatoriedad del uso de mascarilla en la vía
pública. Desgraciadamente, la noticia pasó bastante desapercibida en los
medios y también, por cierto, en las conversaciones del día a día; como
que no fue “tema”. Es raro que mientras muchos están tan preocupados de
defender derechos y pluralismos, poco o nada se diga de algo que se ha
convertido en una suerte de grillete socialmente aceptado, como si fuese
lo más natural del mundo que no se pueda respirar con libertad.

Confío
en que más temprano que tarde la cordura volverá a imponerse y se
levantarán las odiosas restricciones o, más probablemente, terminarán
por caerse solas.

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