Al Celebrar la Navidad

Al
celebrar la Navidad recordamos el nacimiento del niño Jesús, que no
tuvo lugar en la ciudad para nacer, y por tanto, al llegarle a María la
hora del parto, su hijo nació en un pesebre, rodeado de animales. A paso
ligero nos estamos acercando al final del año, tiempo de balances y
recuentos. ¿Quiénes en nuestros días tampoco encuentran u
n
lugar? Por elegir tres grupos relativamente grandes: 227 mil niños,
niñas y jóvenes no están inscritos en ningún establecimiento educativo,
es decir, pudiendo ir al colegio, no van; existen más de 1200
campamentos en los que viven alrededor de 114.000 familias; más de 40
mil personas entre nosotros viven en las calles, no tienen un lugar al
que puedan
llamar su hogar.

Reaccionando
a estas cifras y a invitaciones que de tanto en tanto hacemos, con
alguna frecuencia escuchamos afirmaciones del tipo “son todos unas
lacras”; “no es mi culpa, que se haga cargo el gobierno”; “no ayudo a
delincuentes ni a borrachos”; “lo que pasa afuera de mi casa no es mi
problema”; “no tengo tiempo suficiente para ayudar a nadie”; “no los
conozco”; “estoy de
masiado ocupado”; o hasta “que se pudran en la cárcel”.

De esta aproximación
deshumanizante hacia los demás, que se desentiende de las necesidades y
dolores presentes en nuestra comunidad, vino a liberarnos Jesús.
Sabemos de su vida, atestiguada en los Evangelios, que se ocupó
principalmente de los descartados, de los empobrecidos, de los enfermos,
de los que quedaban al lado del camino, los publicanos y pecadores. Y a
lo largo de los siglos infinidad de hombres y mujeres han seguido sus
pasos, desafiando el miedo y la desconfianza, para iluminar las
tinieblas, reconstruir lazos de fraternidad rotos, y restaurar la
dignidad herida.

Si
cruzamos las 30 comunas donde hay mayor sensación de inseguridad y
riesgo en nuestro país con las que concentran el mayor número de
excluidos de la educación, hay gran coincidencia. ¿Sabía Ud. que no son
pocas las salas cuna donde hay protocolos de acción en caso de
balaceras? Por miedos y fuerte desmotivación, hay familias que
consideran que sus niños están más a salvo en sus casas.

En
el caso de las familias que viven en campamentos, el catastro de
TECHO-Chile nos ofrece algunas explicaciones, relacionadas con el alto
valor de los arriendos, con las consecuencias sociales y económicas de
las crisis post pandemia, con la caída del empleo dependiente, y también
con la presión de la llegada de familias migrantes a nuestro país.

Atendiendo
a las personas en situación de calle, la encuesta de caracterización
socioeconómica (CASEN) del Ministerio de Desarrollo Social y Familia no
las incluye. Por lo tanto, en estricto rigor, ni siquiera sabemos
cuántas personas son.

En
el Hogar de Cristo y en las demás fundaciones donde colaboramos con
comunidades excluidas, nos enfrentamos a menudo al poder destructivo de
los prejuicios. En esta temporada navideña, busquemos reducir nuestras
percepciones sesgadas marcadas por el miedo y la desconfianza. Mientras
celebramos con nuestros seres queridos, los animo a reflexionar: ¿cuáles
son los dolores y necesidades que debemos atender en nuestra sociedad?
¿Qué heridas necesitamos sanar? ¿Cuáles son los sueños que compartimos y
anhelamos alcanzar en nuestro país? Abramos espacio para Jesús en
nuestras vidas y también para aquellas personas que, al igual que él, no
encuentran su lugar. ¡Les deseo una Feliz Navidad!

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