Ad portas de iniciar una semana de festividades patrias, donde cerca de la mitad de Chile buscará un lugar distinto de su hogar y región para disfrutar, en el mundo comenzará la verdadera conmemoración de la primera vuelta al globo. El 20 de septiembre comenzó la aventura de una flota que se internó en la inmensidad del Atlántico en búsqueda del codiciado paso a la Isla de las Especias. A partir de ese momento todo aquel que se mantuvo a bordo no tendría ninguna posibilidad de abandonar la expedición. No había donde desembarcar. Sería el período de adaptación, donde hombres que no se conocían ni habían trabajado juntos tendrían que compartir pequeños espacios en los lúgubres recintos de las disminuidas embarcaciones. Cuando vemos la Nao Victoria en el Museo de Sitio nos imaginamos lo agreste y pequeño del espacio en que tuvieron que convivir. Pero la Victoria está desocupada y los espacios anchos. Al momento del zarpe estaba atiborrada de mercancía y comida para la enorme jornada y los marineros no tenían el espacio vital que se requiere para su intimidad. En época de verano el cruce del Atlántico sería extremadamente caluroso. O se soportaba en las hediondas bodegas o se achicharraban bajo el sol quemante de las cubiertas. Uno al lado de otro, compartiendo hedores, náuseas, vómitos o los naturales fluidos corporales. Esto es en el aspecto físico y ¿cuánto más en el psicológico? Hombres incultos, agresivos y carentes de vínculos, explosivos ante cualquier provocación o situación. Si ya no es fácil compartir con compañeros de oficinas por apenas 45 horas semanales, ¿cómo sería soportarse por 24 horas por 7 días y por 155 semanas? En estos períodos de calma chicha debemos estar llamados a entender el espíritu que se requirió para iniciar la aventura y aplacar nuestras propias ansias de poder y figuración. ¿Estaríamos en condiciones de hacer algo similar hoy? ¿Nos someteríamos a un suplicio tan alto, aún sabiendo que el regreso no está asegurado como entonces? Ninguno estaría dispuesto a pasar a la gloria eterna sin saber el destino elegido por otros. El riesgo fue enorme y, seguramente, los que volvieron pasaron a consumirse como uno más, perdiéndose en la letanía de la vida en un mundo tan despreocupado del bienestar de sus ciudadanos. Una placa recuerda a los 18 que volvieron mientras que los 245 restantes quedaron en el olvido total.