Al pan, pan, y al vino, vino

De tanto en tanto,
reflotamos este refrán, esta expresión idiomática. Lo hacemos toda vez
que necesitamos afirmar algo; que lo que digo, lo digo con franqueza,
con sinceridad, de manera clara, veraz. Así, reafirmamos algo de aquello
que tenemos cierto conocimiento o convencimiento.

Y
esta certidumbre, esta confianza se cimenta en una palabra así como
breve, válida. ¿Cuál? ¡Verdad! Esta que transita, que va y viene de uno a
otro, que no necesariamente se establece en uno, pues normalmente se
equilibra en, al menos, dos. Nadie es propietario de la verdad, como así
tampoco nadie es infalible. Entonces, soy categórico, la verdad es de
dos.

¿Qué es
la verdad? En el DLE, de varias acepciones, presentaré una: “Conformidad
de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”.

A
algunos les cuesta admitir que su verdad es relativa, estiman que lo
saben todo, que si ellos lo piensan, así debe ser; les cuesta reconocer
que en los demás también está parte de la verdad, que la verdad es
comunitaria.

¿La
verdad es inalcanzable? Creo que no, es de toda humanidad conseguirla.
Tarde o temprano impera, se ilumina. Se debe tratar de descubrirla, por
muy oscura e inasible que parezca. Lo negativo debe transitar a lo
positivo, el error se debe corregir, la discrepancia debe tender a la
armonía, de la discordancia se debe pasar a la concordia, al acuerdo.

Por
tanto, el empeño en hallar la verdad, en buscarla, debe ser más que un
deseo, más que un acto voluntario, menos voluntarioso, debe ser de toda
justicia el imperio de la verdad. Que se imponga, que nos ilustre, que
halle los equilibrios, guste o no guste. El más grande tiene parte en la
verdad, el más chico, también la tiene. La verdad, repito, es de dos,
no es de uno solo. La verdad se equilibra entre el parecer, el sentir,
el saber de uno y otro. La verdad no debe tardar, mientras más pronto
asome, más diligente se pronuncie, mejor.

Sin eufemismos, sin rodeos, de modo directo, de manera franca.

No
son pocas las veces que en nuestras interacciones aparecen de manera
sorpresiva las expresiones idiomáticas, y no son pocos quienes las
utilizan de modo recurrente (un amigo, un muy bien amigo, las usa sin
ton ni son, es cholcholino él).

Esta
vez, una vez más, quizás más veces de lo que quisiéramos, de manera
solemne y también espontánea, asoma y asoma “Al pan, pan y al vino,
vino”.

¡Sanseacabó!

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