La
polinosis o alergia al polen es una enfermedad causada por una reacción
alérgica frente a los distintos tipos de polen que, presentes en la
atmósfera, penetran en el organismo a través de las mucosas expuestas al
aire y producen procesos respiratorios como la rinitis y el asma.
Cualquier
persona es susceptible a desarrollar alergia al polen, especialmente si
se encuentra muy expuesta a este. La reacción alérgica al polen puede
afectar diferentes órganos: Nariz: produce inflamación, caracterizada
por estornudos, picor, congestión, secreción y obstrucción nasal. Ojos:
conjuntivitis, prurito de oídos.
En
un 40% de los casos la alergia al polen cursa además con asma, por lo
que puede afectar los pulmones y producir tos, dificultad para respirar,
sensación de opresión torácica y pitidos en el pecho.
La
alergia al polen se presenta normalmente durante las estaciones de
primavera y verano, cuando las plantas florecen y hay mayor cantidad de
polen en el ambiente. Así mismo, el clima suele influir en los síntomas
de la polinosis: la sintomatología es mínima en los días de lluvia y en
días nublados o sin viento, porque el polen no se desplaza en estas
condiciones; mientras que los días cálidos, secos y con viento favorecen
una mayor distribución del polen y, en consecuencia, la aparición de
mayores síntomas alérgicos. Además, la polución atmosférica potencia el
efecto alergénico del polen, lo que supone que sea más frecuente en
ámbitos urbanos que en ámbitos rurales.
Algunos
consejos para minimizar los síntomas de la alergia al polen son: al
salir a la calle es conveniente que lleves gafas de sol para que el
polen no pueda entrar en contacto con tus ojos.
Los
granos de polen pueden quedarse atrapados en las prendas, por lo que
una buena medida es que te duches y cambies de ropa al llegar a casa.
Así mismo, evita tender la ropa en el exterior. Procura evitar aquellas
actividades que puedan remover partículas de polen, como cortar el
césped, barrer antejardines.