La
sociedad, ese control social que induce a los integrantes del grupo a
adecuarse a las normas establecidas, es la resultante de un cúmulo de
experiencias vividas, no solo de algunos y algunas, sino que de todos
los seres que han dejado sus huellas más o menos marcadas, entretejidas
con las que se están gestando en este instante y que esperamos puedan
tener la posibilidad de dejar la máxima cantidad de opciones abiertas
para el futuro a partir de la extraña diversidad que hemos sido capaces
de generar hasta ahora. Tal tejido inmemorial, capaz
de rehacerse de las ruinas o de inventar nuevos modos de convivencia,
requiere de una gran empatía intergeneracional que sea capaz de conducir
al desarrollo de anhelos conjuntos en ocasiones, disímiles en otras,
pero sobre todo validando y poniendo en primera línea aquellos sueños
que conducen a espacios más amplios y acogedores para el
desenvolvimiento de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Es en
este plano ideal donde juega un rol fundamental el desarrollo
de aquellos aspectos éticos que resaltan la dignidad humana y que, por
lo mismo, pueden asegurar el mejor convivir. Aquí no hay lugar para
contradicciones delirantes y violentas que impongan un freno al avance y
consolidación de demandas colectivas y democráticas que se han venido
sucediendo e instalando a lo largo de la historia en todos los tipos de
sociedades que hemos conocido hasta el momento. Un mejoramiento de la
sociedad bajo estos principios reales constituye una reacción de
magnitud solo posible si emerge naturalmente de las conciencias labradas
en el amor, en el agradecimiento y en el reconocimiento de nuestras
propias abundancias. Para avanzar en esta utopía se requiere la
presencia activa de quienes sostienen buenamente todo aquello que
signifique superar los resabios de la cultura y de las prácticas basadas
en la confrontación y en el uso indebido de la libertad en perjuicio de
los demás, independiente de edades, posiciones sociales y creencias. Al
respecto, el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile ha planteado que
cuando hay situaciones límites en las encrucijadas de la historia, las
personas buenas son fundamentales para encontrar los caminos de la
sensatez, del raciocinio, del diálogo, de la esperanza, que ayuden a la
sociedad a encontrar respuestas, las más armónicas, para el bien supremo
de la Humanidad. Estos anhelos deben ser compartidos sin prejuicios
ideológicos, morales y políticos entre todos y todas, para abordar los
desafíos que enfrentamos como país y sociedad, y si, además, pretendemos
preservar la Condición Humana amenazada por la miseria, la violencia de
la pobreza y la crueldad creciente que ha experimentado la humanidad.
Tales esperanzas han circulado por la sociedad de Magallanes desde 1896,
año en que se instalan
los fundamentos y conceptos trabajados por hombres de espíritu libre de
todas las razas, nacionalidades y credos que llegaron al territorio en
búsqueda de opciones para el desarrollo
personal sin descuidar la búsqueda incesante de la verdad, el
conocimiento de sí mismo y del hombre en el medio en que vive y convive.
Instaladas como consecuencia de esos esfuerzos centenarios, dos
agrupaciones masónicas (Estrella de Magallanes y Straits of Magellan)
han celebrado esta semana 112 y 84 años, respectivamente, de acción
masónica ininterrumpida. Los nombres de los fundadores y de sus
herederos están grabados en el libro señero ”De mediodía a medianoche en
el Estrecho de Magallanes”, del masón Álvaro Soto Bradasich.