Ya es muy recurrente; hacia donde dirijamos nuestra atención las malas noticias abundan; las hay en todos los ámbitos y, si eventualmente tienen asomos de ser buenas, son demasiado transitorias, se evanescen en un levísimo tris.
¿Por qué? ¿Qué lleva a que se releven las malas y no las buenas noticias? ¿No hemos limpiado o ajustado los focos de atención, o están demasiado ajustados y limpios?
Creo que ni lo uno ni lo otro, desafortunadamente.
Lo que sí ocurre o ha ocurrido es que como sociedad exitista en que nos hemos convertido, en que todo es más, todo debe ser más, ni siquiera mejor, nos ha pasado la cuenta. También que de ser más solidarios nos hemos convertido en seres más solitarios, más individualistas, reconcentrados en uno mismo, abandonando al tú, al prójimo, al próximo.
Este individualismo exacerbado ha acelerado la competencia, no la buena competencia, sino la mala. Aquella que no permite ver lo bueno, sino lo malo y refocilarnos en ello.
Es claro que hay más hechos malos, más malas acciones, más malos comportamientos, pero, a la vez, más vista gorda a los mismos malos hechos.
El foco se ha centrado en el tener, en el tener más, ni siquiera en el saber, o saber más, tampoco en el querer o querer más, y definitivamente hemos olvidado el ser, hemos olvidado ser. Nos hemos desentendido del ser, del cultivo del ser.
Hoy, lo usual es el ruido, el movimiento, la acción, y con ello la acumulación de tareas y las prisas. Es lo dominante en nuestro quehacer diario. Si convertimos este diagnóstico en un pronóstico se afianza la incomodidad, el desasosiego, la inconformidad.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Apartarnos del ruido, aun sea un poco, o a ratos, tanto mejor si fuese más prolongado, planificado, esperado ese solaz; el fin de semana, por ejemplo, o las últimas horas del día. ¿Cómo sacarle mayor provecho a ese retiro? Leyendo, escuchando música para relajarse y sosegar la mente, rezando, revisando fotos familiares, ojalá que el sosiego sea tan intenso que se escuche nuestra respiración, nuestro palpitar, nuestros latidos, tan solo. Estoy seguro, muy seguro que este apartarse un poco surte buen efecto. No todo se calmará, no todo se dulcificará, pero nuestra incorporación será mediada por esta acción alfabetizadora, más si este ejercicio de silencio interior se convierte en hábito.
Es preciso desacelerar la marcha, bajar un cambio, sino dos. ¿Cómo podríamos hacerlo? Si bajamos la marcha, se puede convertir en un caminar consciente, reflexivo, pacífico, observador, humano, al advertir que otros también se desplazan y, por ejemplo, los saludamos ya con el gesto, ya con la palabra. Al comienzo, quizás ellos no reparen en nuestro propósito, pero hay que seguir ensayándolo, una y otra vez. Y a lo mejor consigamos imitadores. Y eso ya sería una buena noticia. Si nos propusiéramos cada uno de nosotros, sí, cada uno de nosotros, de conseguir, de lograr tan solo una sonrisa o atisbo de ella, dejando atrás el rostro adusto anterior, gatillado quizás por qué motivo y lo cambiamos por un rostro sonriente, otro sería el paisaje. Imaginémoslo, si cada uno de nosotros actúa así con al menos uno de nuestros prójimos, cuán diferente sería todo.
¡Intentémoslo! Cambiemos enfermedad por salud, cambiemos rostro serio por sonrisas, cambiemos guerra por paz, cambiemos odio por amor.
¡Amen, sí, amen!