Aprender, siempre aprender

Antes
de julio, una querida exalumna, desde hace unas semanas en una
importante función directiva de un establecimiento educacional en Quino,
comuna de Victoria, ya me invitaba a ser parte de una idea que tenía:
intervenir en un conversatorio con docentes, con apoderados. En
principio le expresé mi natural disposición de ayudar, de aportar. Y, a
fines de julio, ya me cobra la palabra y me indica día y hora. ¡Bien! Me
propone un tópico, la motivación. Negociamos. Le propuse un título
“Aprender, siempre aprender”. Y ya fue. Participé, asistió casi una
treintena de colegas. Buena convocatoria. Intenté resumir buena parte de
mi experiencia docente de casi cincuenta años.

Aprender,
¿qué es? Aprehender, hacer propio algo nuevo, adquirir conocimiento,
añadir nuevos conocimientos, siempre, relacionarlos, adquirir un
dominio, nuevos dominios, nuevas habilidades, nuevas destrezas, adquirir
experiencias nuevas, apropiarse de una aptitud nata, de modo neto,
perfeccionado,… todo, en términos generales.

Aprender
es una acción que no tiene término, no hay retiro, comienza y no cesa.
Aprender es un continuum. Todo en la vida es lección, lecciones. Todo
supone aprendizaje, todo.

Aprender
es fijar algo en la memoria. Imágenes, sensaciones, registros, voces,
sueños que se hacen verdad. Y lo hacemos poniendo en acción todos los
sentidos. Desde que nacemos, todo es un continuo observar e interactuar y
lo hacemos valiéndonos de los cinco sentidos, con ellos recogemos
información y así aprendemos. Lo que aprendemos es de nosotros, solo de
nosotros, nadie puede arrebatárnoslo. Y es probado que no podemos
transferir ese aprendizaje del mismo modo a otro, a otros. Cada uno de
nosotros es un mundo propio de experiencias intransferibles de modo
idéntico, similar quizás.

Aprender
de los propios errores. Es probablemente uno de los mejores
aprendizajes. La equivocación, el error, la falta, o la omisión, siempre
es posible. Lo importante, lo verdaderamente importante, es no
abatirse, no desalentarse, no confundirse. ¿Qué hacer en este caso?
Volver sobre los pasos propios, re-visar, volver a ver, observar
críticamente, analizar, y comenzar de nuevo. Nadie puede hacer la tarea
por nosotros. Solo en nosotros se asentará el aprendizaje. Es bueno
concedérnoslo.

Aprender
es adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio, la
observación, el análisis, o de la experiencia. ¡Hum! De la experiencia.
Sí, de la experiencia del vivir.

¿Qué
es preferible, ser feliz o ser inteligente? ¿Qué intríngulis? Sumar más
tareas a los docentes, da para pensar. Pero en mi experiencia, es
posible ensayar modos, maneras de enseñar que hagan grato el aprender, y
grato el enseñar. La rigidez muchas veces doblega, apesadumbra,
resiente, domina, si no abate. En la interacción del aula es preferible
una mayor horizontalidad, toda la que sea posible y recomendable. Es
preferible acompañar que seguir, menos perseguir. Es decir, es mejor
estar al lado, ser compañeros en el aprendizaje y, desde mi experiencia,
aseguro más y mejores instancias de aprendizaje.

Un
ambiente tranquilo y de felicidad en el aula favorece de modo increíble
el aprendizaje. Los estudiantes no saben que saben hasta que logran
saber que sí son capaces de saber, de aprehender, de aprender. Es
maravilloso ser testigo del tan sencillo como impresionante acto de
aprendizaje, y ello, multiplicado por infinito.

Aprender, aprender, siempre aprender.

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