Es
difícil pedir a quienes están impactados por factores relacionados con
las pandemias sanitaria, social y ambiental poner las miradas en los
ejemplos que ilustran la magnífica y natural capacidad del hombre y de
la mujer para imaginar mundos diversos en armonías y que se traduce en
una multitudinaria expresión de artes que se integran y se entrelazan en
un mosaico armónico, constituido por obras, formas, intérpretes,
géneros y composiciones. Cada uno de nosotros se puede identificar con
alguna de estas partes del mosaico cuando, aunque sea por breves
momentos, se sienta capaz de reconocer una melodía, recordar una imagen,
relatar algunas epopeyas o apropiarse de versos ajenos. Nadie podría
discutir la existencia de una positiva sensación que produce el
descubrir estas expresiones nacidas de la esencia humana y que nos
hablan de la existencia de espacios gobernados por expresiones que
ordenamos bajo el nombre de Arte, capaces de superar por sí solas las
demostraciones negativas de la otra cara humana y que ofrecen, al final,
la necesaria confianza para salir de situaciones funestas en que
pudiésemos haber estado involucrados. La importancia que tiene para la
vida individual la existencia natural de armonías, como sea que ella se
exprese o se entienda, debería reconocerse asimismo cuando miramos a esa
creación humana, de cambio constante y plena de transitoriedad, atada a
factores educativos, culturales y económicos, denominada sociedad.
La
armonía social de la cual hablamos y que busca desde diversos ángulos
un consenso entre el individuo y su medio social, solo se puede
sustentar en un cambio permanente de estructuras, en la búsqueda
incesante de adecuaciones y de una afinación más ajustada entre los
elementos del conjunto. Tarde o temprano ello implicará la necesidad de
aportar al desenvolvimiento de un conjunto social armónico, incluso
desde nuestras propias comodidades y también desde nuestras propias
carencias, especialmente en momentos en que nos encontramos inmersos no
solo en la rotura de la armonía sanitaria y social sino que también de
nuestra obligada relación armónica con la naturaleza. La falta de
armonía en sí misma es un acto violento y esto es producto de una
pérdida de dominio de sí mismo y marca el fin de la dignidad y el
respeto humano mediante actos que se agotan rápidamente y no tienen
capacidad de permanencia pues pertenecen al ámbito de los extremos. De
allí la urgencia por buscar los nuevos tonos que nos envuelvan en nuevos
modos de armonía, en función de los principios de solidaridad, igualdad
y libertad. La experiencia vital que innegablemente nos otorga la
recepción de un momento armónico, dinámico e inestable, creado por el
propio ser humano, debería ser razón más que suficiente para aceptar que
la sociedad, también producto humano, logrará una mayor sustentabilidad
social y ambiental bajo los simples, pero fundamentales, signos de
armonía. El Gran Maestro de la Gran Logia de Chile ha señalado que la
armonía es otro de los valores esenciales que la Masonería acoge en su
universo simbólico como un desafío y una tarea, en la perspectiva de la
realización humana, tanto material como espiritual. Así, la armonía no
solo se eleva a una cualidad estética, sino también a la cualidad ética,
es decir, a un atributo de las acciones humanas realizadas con los
detalles armónicos de los más nobles propósitos, en el plano de lo
social y en toda forma de convivencia.