Una
soleada pero fría mañana de junio de 1952, un grupo de 16 personas,
provistas de buenos abrigos y sombreros de la época, se dan cita en el
muelle Prat. El motivo, la llegada del buque de pasajeros “Viña del
Mar”, a la espera de un joven nuevo colega.
Con
paso grácil, sonrisa afable y su característico bigote, Arnaldo Alarcón
Fabres, a la sazón de 24 años, camina por el muelle Prat rodeado del
afecto de sus nuevos colegas. Con curiosidad mira los cerros que rodean
la ciudad, se sorprende con la belleza salvaje del Estrecho, y da las
primeras bocanadas de aire, saboreando el desconocido frío austral. Todo
muy distinto de su natal y siempre caluroso Chillán.
Recordaba
la pena de su madre y familia que lo vieron partir a la desconocida y
casi mítica Patagonia, pero pesaron más las sugerencias y
recomendaciones de su antiguo jefe de Río Bueno, quien lo instó a
emprender este lejano viaje que le daría un cambio radical a su vida.
Tuvo
sus primeros acercamientos al turismo como tasador del Servicio de
Impuestos Internos, recorriendo la Patagonia, visitando estancias y
navegando sus canales. Se empezaba a maravillar y enamorar de su nueva
zona, y sobre todo del sector del río Serrano y Torres del Paine (previo
a la creación del Parque Nacional), lugar en ese entonces poco
explorado pero de una fuerza visual que lo cautivó desde el primer
momento. Fue el complemento perfecto para acrecentar aun más el romance
que ya mantenía con su hobby eterno, la fotografía.
Fruto
de estos periplos en la zona, se anima a postular a un campito, y el
sueño se cumple a fines de los 50 cuando se adjudica un lote de 3.000
hectáreas (el 34) en el sector La Victorina, aún hoy de complicado
acceso en el sector del lago Dickson. El trabajo fue arduo, ya que este
lo hacía siendo paralelamente funcionario del SII. Hacía salidas
semanales los días viernes a las 18 horas desde Punta Arenas, para
después de muchas y solitarias horas en vehículo por sinuosos y
polvorientos caminos, llegar finalmente a la estancia entrada la noche.
El día sábado recorría el campo y el domingo después de un almuerzo
temprano iniciaba el regreso a la ciudad, para el lunes a primera hora
estar puntualmente en su trabajo de tasador en el SII.
A
mediados de los años 60 abandona finalmente el SII y entrega al Fisco
la concesión ganadera que tanto tiempo y trabajo tomaron. Ahora sí
vendría definitivamente la primera incursión turística junto a sus
socios Ernerto Scabini y Nicolás Marco Mladinic al hacerse cargo de la
hosteria Cisne de Cuello Negro y El Pionero. En este emprendimiento fue
siempre secundado por su familia, su amada compañera Marta y sus hijos
Loreto y Arnaldo, quienes cooperaban en la atención de las hosterías.
En 1976 es designado director del naciente Servicio Nacional de Turismo
en Magallanes, por Liliana Mahn, cargo que ejerció hasta 1979
trabajando mano a mano con la siempre vital y enérgica Liliana.
Es
ese mismo año que, junto a sus socios de toda una vida, la familia
Cañón-Perez, finalmente forman ALPE, sociedad con la cual dieron vida al
muy conocido
Hotel Los Navegantes, que administraron por largos y exitosos 30 años.
Con gran jovialidad don Arnaldo recuerda que mientras daba el discurso
inaugural del hotel, dos familias argentinas esperaban expectantes,
valijas en mano, el término del mismo para hacer el check-in.
Estados
Unidos, Europa y Buenos Aires fueron blanco de muchos viajes de
promoción, en los que junto a sus amigos y colegas se esforzaron por
presentar y ofrecer este tan distante y en ese entonces poco conocido
destino. Nombres como los de Ernesto Fernández de Cabo, Carlos “Canario”
Álvarez, Sergio González, Nadia Skarmeta, entre otros, saltan
espontáneamente de sus recuerdos.
A
estas alturas de la vida don Arnaldo se reconoce como un eterno
agradecido por la oportunidad tomada de radicarse en Punta Arenas, lugar
donde formó la familia que le ha dado dos hijos y seis nietos. Donde
también tuvo la gran alegría de vivir cerca de varios de sus hermanos,
quienes motivados por sus experiencias y relatos también dejaron la
natal Chillán para vivir en Magallanes.
Don
Arnaldo, jefe, amigo y colega. Magallanes reconoce en su historia de
vida la labor de muchos de sus contemporáneos, quienes con pocos medios y
escasa experiencia, pero provistos
de gran voluntad y visión de futuro, lograron cambiar el rostro de
Magallanes haciendo de nuestra región uno de los destinos más conocidos
de Chile y reconocido ampliamente a nivel mundial.
Nos sentimos orgullosos de tan justa distinción que tomamos como
propia, al ser continuadores de su trabajo y poder hoy recoger los
frutos de tantos años de esfuerzo en pos del turismo regional.