Con
ocasión de la erupción del volcán en Tonga hemos podido analizar los
efectos que tiene una situación de peligro en la mente de los seres
humanos. Para algunos que viven en su metro cuadrado se dan cuenta de
que el hecho ocurrió en otra parte del mundo, tan lejos que resulta
imposible de identificar y cualificar de acuerdo a sus propios
estándares de medición. Por ello, y mientras no se vea, no se cree. “No
mires arriba” es una versión muy interesante de este hecho y nos tendrá
por un largo tiempo haciendo interpretaciones de su trama. Por más
chistosa y patética que pudiera parecer a la crítica especializada y al
espectador común, en esta ocasión tuvimos nuestro propio capítulo.
Muchos
de los veraneantes que habían llegado recién a las playas del litoral
central reaccionaron con rebeldía, denostando y desoyendo los mensajes
del SHOA y de la Onemi y no querían perder un momento de sus “merecidos
descansos”, donde ni siquiera una gran ola les podría perturbar. Otros
tantos adujeron sus condiciones físicas para arrancar cuando la ola se
presente; y otros grupos esperaban surfearla, o jugaron paleta o pelota y
con vergüenza respondieron las consultas de la prensa. Ninguno usaba
mascarilla. Quizás hubo exageración, pero nadie lo puede asegurar y
mucho menos cuando la masa humana que salía de las playas podría haber
provocado mucho daño en caso de una estampida avisada en último momento.
La
arrogancia está allí cuando se piensa, vanidosamente, que nada habrá de
pasar y que el mundo circula a su alrededor y no que se es parte de él.
Así lo vemos en el caso de las medidas de cuidado para evitar los
contagios del bicho y donde hemos sido testigos de cientos de
situaciones donde la exposición al riesgo es similar a la de estos
porfiados turistas. El ego es más fuerte cuando se está en medio de un
gran grupo humano, sea en una disco o tendidos sobre la arena. Mientras
otro no se cubra la boca o no se mueva rumbo a las alturas, se puede
jugar con el tiempo de reacción, aunque este rango sea muy corto, más
aun que nadie sabe cómo pueden arreciar una o más olas. Podríamos decir
que quienes se arriesgan son ignorantes y apuntamos los dardos a los que
mantienen actitudes como el tenista serbio, pero ninguno tiene falta de
instrucciones o de conocimientos que le permitan ser considerados como
tales. Las alertas, avisos y recomendaciones para todos los peligros
están a la orden del día. Nadie puede alegar que no las supo y no falta
quien lo argumenta para evitar un reproche o una multa. Por ello solo
nos queda asimilar esas conductas de rebeldía a la estupidez humana.
Estupidez que si fuera por convencimiento intelectual propio sería
perdonable, pero que resulta patológico cuando se asume como conducta
social de quienes están a nuestro lado. Correr el riesgo colectivo
parece ser como el juego de una ruleta rusa, donde hay un convencimiento
de que me va a tocar la recámara vacía.
La
película mencionada es una mezcla de todo esto, y a pesar de la rabia
que nos pueden generar la indolencia, el desprecio por la evidencia de
los hechos, la mofa y la reacción desarticulada de quienes debieran
tener el control, nos obliga a reflexionar sobre el verdadero fin de
nuestra existencia. Hecho esto podremos salir de la burbuja social en
que nos encontramos y podremos abrir nuestras mentes a otras
desconocidas dimensiones tanto internas como las que se encuentran en
las lejanas galaxias y que son entregadas a los que se denominan
“iluminados”, solo por el hecho de tener más conciencia.