Listos para comenzar un
nuevo semestre se apresuraban en cruzar la calle hacia su colegio, de la
mano de su mamá que arreglaba su mochila antes de llegar a la puerta.
Iban contentos, verían a sus compañeros y a la tía después de algunos
días de descanso.
De
pronto, un lanzazo y unos golpes, a pocos metros otros niños, mientras
la educadora se levantaba sin poder entender -aún- lo que pasaba. Con la
fuerza y rapidez de un torbellino, arrebataron celulares, bolsos y
hasta colaciones, peor aún, robaron ese instante feliz del reencuentro
infantil, la seguridad de una madre que no pudo hacer nada, la
impotencia de las educadoras acostumbradas a la prepotencia de quienes
dominan los entornos. Porque no ha sido sólo hoy, otras veces, por un
funeral narco, por las balas locas, han tenido que cerrar el colegio o
han terminado en el suelo cantando con los niños.
Esta vez eran niños atacando a otros niños, en una banda
que impune salió victoriosa, afanándose en mancillar el lugar que
abandonaron hace tanto tiempo. Peligrosamente se va normalizando el
triunfo de quienes con la fuerza van arrebatando cada vez más espacios a
quienes quieren ejercer su derecho a estudiar. Llegamos tarde, tanto
para víctimas como para victimarios.
Arrebatan
el espacio en la calle y la paz en la casa, someten con armas, pero
también destruyen familias involucrando a niños y jóvenes en sus
ilícitos, son escudo de narcos y criminales, olvidados al abandono
escolar, rompen con sus familias, habitan en espacios que ocupan para
entrenar armas, cuando sólo ayer era el lugar para jugar, en la escuela
que hoy asaltan.
Estamos
llegando tarde. Cuando los niños recostados en el piso tienen que
normalizar la violencia para poder sobrevivir, cuando no existe
capacidad para detectar vulneraciones a tiempo en espacios que debieran
ser protectores, cuando no contamos con herramientas en los colegios
para la retención escolar y el reingreso educativo. Llegamos tarde
cuando no hay especialistas para resolver las eternas listas de espera
de Mejor Niñez, ni camas en hospitales para la salud mental de una vida
que no ve más salida que la violencia y la autodestrucción.
Llegamos
tarde cuando los padres y cuidadores impotentes, sin apoyo, hacen lo
imposible por proteger a sus hijos, por alejarlos de la droga, cuando
circula en cada esquina del barrio, en la puerta de la escuela, cuando
el crimen se disfraza de oportunidades, de trabajo, de un sueño que no
es más que la antesala de una vida más que se pierde. Cuando una
querella se transforma en muletilla para esconder el fracaso de una
Prevención del delito que no llega.