Según
datos de la Encuesta Nacional de Salud (ENS), una de cada cinco
personas tuvo una enfermedad mental durante los años que llevamos en
pandemia; después de años de inestabilidad social, cuarentenas,
confinamiento y desempleo, las cifras son aun más dramáticas. Lo que se
nos viene en el resto de 2022 en cuanto a atenciones de este tipo será
realmente impactante. Y los más afectados serán nuestros niños y
adolescentes. Una reciente columna de André Le Foulon Rothe, presidente
de la Fundación Patronato Madre-Hijo, que señala explícitamente un
estudio financiado por la Universidad de Columbia y realizado por
investigadoras del CEP junto al Patronato Madre-Hijo, en el que se
encuestó a beneficiarias de nuestros Centros de Salud Materno-Infantil
en cuarentena de Santiago y Valparaíso, lo confirmó: cerca de la mitad
de las madres evidenció un aumento en sintomatología depresiva. En este
contexto, los que más se resienten son los niños, pues los síntomas de
ansiedad, irritabilidad y la depresión del cuidador principal impactan
en su desarrollo integral. Lamentablemente, ya se observan los efectos:
en este mismo estudio, casi el 70% de las cuidadoras reconoció un
notorio empeoramiento en el comportamiento de sus niños desde el inicio
de la pandemia. André Le Foulon Rothe señala además que al trabajar en
conjunto con terapias sicológicas y siquiátricas se ha observado
en corto plazo una evolución positiva de las mamás: mejora su
autoestima, la confianza en su rol como madres, son más cariñosas, menos
ansiosas y con más esperanza de salir adelante. Así fortalecen el
vínculo con su hijo, incentivando el desarrollo de sus capacidades y con
resultados significativos en su evolución. Hemos comprobado, además,
que la atención en salud mental a las madres puede prevenir situaciones
de maltrato a sus hijos.