Frente
al referéndum electoral, los chilenos nos hemos acostumbrado a un
medido escondite de quienes son los principales autores del texto, nos
referimos a los constituyentes que la redactaron. Constituyentes
escondidos, inubicables, otrora amigos de las luces, la altisonancia,
guardan silencio para no exponer intenciones y errores de carácter o
ignorancia, que hagan peligrar el texto que defienden con cada vez menos
entusiasmo.
Con
todo han existido constituyentes que no se han escondido –quizás habría
que celebrarlo como un mérito- cuando realmente es sólo el deber de
explicación de la obra propia. Me refiero en específico a Jaime Bassa y
Fernando Atria, a quienes muchos sindican como los hechores
intelectuales del texto desde el Frente Amplio.
Ambos
han aparecido peculiarmente esta semana. La declaración de Bassa fue la
siguiente: “Una de las cuestiones en la que quizás pecamos de ingenuos
fue en no dimensionar adecuadamente la respuesta e incidencia que iba a
venir desde los poderes fácticos que defienden el statu quo” como
explicación a la posibilidad que a opción rechazo se imponga. Luego
Atria agregó: “De ganar el rechazo nos vamos a un callejón sin salida”,
sin más argumento que el miedo.
En
el plebiscito de entrada un 78% de los chilenos votamos al apruebo. Hoy
las encuestas sitúan, sin excepción al rechazo como ganador en el
plebiscito. ¿Qué explica la caída de casi 40% de apoyo al texto
propuesto? ¿Los poderes fácticos, la élite contra la que abjuran,
representa casi a un 40% del electorado? Evidentemente no.
Se
trata ni más ni menos –aunque Bassa no lo quiera reconocer- de una
falta de autocrítica feroz acerca de un texto que pugna con el más
mínimo sentido común. Lo que ese mundo no ve, es que afecta a personas
tan diversas como la clase media y sus temores por sus fondos de
pensiones, a pescadores artesanales, industrias, Pymes que viven de
salmón, la viticultura por efectos de la precarización de la concesiones
y permisos de agua, o bien, de las víctimas de asaltos o lisa y
llanamente del terrorismo o de la migración descontrolada que asola el
norte.
Es
la gente común, el chileno que con esfuerzo se labró un futuro con
tesón, los que al leer, interiorizarse de asuntos como la
plurinacionalidad, el estado de emergencia, la expropiación o la
recuperación de tierras, escaños reservados y las profundas
prerrogativas a los pueblos originarios la que ha tomado una decisión,
no en base al miedo, por el contrario, a la lógica elemental. Un
conjunto de elitistas académicos, minusvalora desde el conocimiento, con
una suerte de mueca, y se erigen –entre ellos Bassa- como intérpretes
de la superioridad moral del intelectual que desprecia muy en el fondo
de sí, la inteligencia, sabiduría basada en la experiencia y sentido
común de esos que dice representar. Se tratan de dueños y señores de una
verdad única, portadores de una buena nueva que probablemente poco los
afecte en sus vidas cotidianas, una suerte de buenismo, cargado de
ideología, mucho título pero poca capacidad de razonar con el
sufrimiento diario de los demás. Es simple, para ellos, el culpable
siempre es otro, una élite que aliena a una clase de ignorantes (eso
suponen sus dichos) y que solo se mueve entre el terror de quienes
proponen un stato quo. Ello representa una manera de creer que ese 40%
de chileno que tuvo una desilusión profunda no piensa, no razona, siguen
solamente a los poderosos. En ese sentido, quizás las palabras de Atria
son admonitorias, llegó el tiempo de un callejón sin salida para
quienes hicieron un trabajo maximalista, ideologizado al máximo, una
Constitución de revancha.