El bullying es una práctica más habitual de lo que creemos.
Se da en la escuela, en el trabajo, en la propia familia, en la sociedad. Hasta suicidios ha habido. ¡Un drama!
El
bullying es un acto de cobardía al ser una agresión en contra del más
débil. Muchos jóvenes se avergüenzan de ser objeto de esta mala práctica
y no lo rebelan. Lo que hace difícil dimensionar el problema.
Es
un acto de violencia, contrario a la razón y a las sanas normas de
convivencia. Muchas veces se realiza a vista y paciencia de los mayores,
que de cierta forma se hacen cómplices.
Quienes
lo practican suelen tener una pobre imagen de sí mismos, muchas veces
hasta odio, que lo proyectan en los más débiles, en los que no pueden
defenderse.
Detrás
de los actos de violencia se esconde una historia. Nadie es violento o
agresivo porque sí. Es tan fuerte el vínculo entre lo que somos y
hacemos que agredir al otro es la muestra del malestar que se
experimenta al no tener amor, cariño y comprensión.
En
general, quienes abusan de los demás suelen ser personas carentes de
amor, de comprensión y de sentirse parte de un proyecto social. Detrás
de cada acto de violencia hay una gran desesperanza en cuanto a la
posibilidad de salir de las frustraciones presentes.
Quienes
practican el bullying no se sienten ni conformes ni felices consigo
mismo y en el fondo es un acto no sólo de cobardía sino que de rebeldía.
Golpeando al otro, al más débil, en definitiva, golpea a la sociedad que rechaza.
El
gran drama del siglo XXI es la pobreza espiritual y la soledad. Los
jóvenes se sienten solos, faltos de afectos y de oportunidades para
sacar adelante sus propias vidas. Pareciera ser que el escepticismo
frente a la vida y a un futuro mejor ha anestesiado el valor de la vida
propia y ajena. La violencia se presenta como un escapismo o la triste
manera de decirle a los demás que valgo y que tengo poder. Muchos
golpeadores en el sentido amplio de la palabra han sido golpeados.
Son
cada vez más son las personas que sienten un gran desprecio por la
autoridad, venga de dónde venga. Los jóvenes a los adultos, ¡no nos
creen! Se suma a ello un fenómeno nuevo: muchos padres les temen a sus
hijos y muchos profesores les temen a sus alumnos.
No
nos olvidemos que en Chile, hace algunos años, una joven fue felicitada
por sus pares cuando le lanzó un jarro de agua a la ministra de
educación de entonces.
¡Lo que hasta hace poco era considerado una afrenta pública, hoy para muchos, es signo de valentía!
El diálogo se ha empobrecido y la fuerza se ha convertido en el método de resolver los conflictos.
¿Qué
hacer? Sin duda alguna que la Iglesia tiene una gran responsabilidad a
la hora de dar respuesta a esta pregunta. Y la respuesta es anunciar la
verdad acerca del hombre revelada por quien es la Verdad, Jesucristo.
Sólo él es capaz de convertir los corazones de piedra en corazones de
carne. Y hacer que el odio, la violencia no sea la última palabra sino
que la vida, la vida verdadera que es amarse los unos a los otros como
Él nos ha amado.
Dios
es el fundamento de una conciencia recta que percibe con claridad que
los conflictos, propios de la vida, se resuelven con el diálogo fecundo,
con ser capaz de entregar lo mejor de sí y acoger lo mejor del otro.
La
familia es la gran educadora en los valores que animan una sociedad
como el respeto por el otro, la auténtica tolerancia y sobre todo
comprender la vida como un servicio.
Para ello potenciar la presencia de Dios en la educación y en la familia es fundamental.
Creo
que el desarrollo económico sin la consideración del hombre como centro
de éste nos puede llevar a tener calles iluminadas, parques hermosos,
pero ciudadanos frustrados y carentes de lo único que nos importa y
deseamos: amar y ser amados. Esta carencia se traduce tarde o temprano
en actos de violencia, y a muy temprana edad.