Durante décadas la
adhesión cultural a cierto “tipo” de cuerpo ha hecho que por
generaciones las mujeres hayan restringido algunos tipos de alimentos
para mantener un cuerpo aceptado socialmente. Sin embargo, ya en la
década de los ’90 este concepto comenzó a cambiar, al evidenciar que la
restricción disfrazada de regímenes hipocalóricos, llamados DIETA, no
son sostenibles a largo plazo y provocaban mayor reganancia de peso que
el inicial, pero por sobretodo se iniciaba un ciclo de atracones de
comida debido a las restricciones que satanizaba los alimentos
“prohibidos” y glorificaba el “día permitido”.
Hoy
en día la evidencia científica respalda que las dietas no funcionan,
incluso pueden ser el origen de trastornos de la conducta alimentaria o
excesos de peso a largo plazo. Todo esto tiene sentido cuando comenzamos
a analizar la neuroregulación a nivel cerebral, porque el cerebro no
entiende de DIETAS!. Nuestra mente prepara continuamente múltiples
predicciones de sentidos, memorias, movimientos, palabras, emociones,
situaciones y reacciones basadas en experiencias pasadas. Si las
predicciones son erróneas, el cerebro tiene mecanismos para corregirlas y
emitir otros nuevos. Las dietas restrictivas generan daños en las
señales
biológicas relacionadas con el apetito y saciedad que pueden perdurar
por meses. Un cerebro a dieta sólo piensa en la comida prohibida, está
irritable, de mal humor y le cuesta concentrarse.
Si
bien la regulación del peso puede mejorar varias patologías de los
pacientes, no olvidemos que es sólo un indicador de salud y no tiene
implicancia en el 100% de las patologías existentes, ya que existen
múltiples factores implicados en él. El foco no es sólo mejorar la
calidad de la alimentación y realizar actividad física, también debemos
dormir bien, controlar el estrés, evitar el consumo de sustancias y
mantener buenas relaciones interpersonales. Todo en su conjunto va a
mejorar nuestra salud.
En
mis 9 años de especialista en Magallanes, y de la experiencia actual
con pacientes en Clínica Imet, he apostado por eliminar la mentalidad y
cultura de dieta, en normalizar que la comida es fuente de nutrientes,
de bienestar y también de placer; en que comer excesivamente “sano” deja
en algún momento de serlo; y en inculcar una alimentación completa,
equilibrada, armónica y adaptada a cada paciente. Hago un llamado a
escuchar a los pacientes con respeto y amabilidad, buscando un patrón de
alimentación que se adapte a las necesidades de cada uno, priorizando
lo que les gusta, fomentando así su adherencia y mantención a largo
plazo.
Y
a los pacientes les recuerdo que no están solos en esto, mi consejo es
que recurran a profesionales actualizados, especializados en el área y
por sobretodo alejados de prejuicios y estigmas, para que jamás vuelvan a ser sometidos a una dieta restrictiva.