La
vida en alerta, producto de una inestable mezcla de inquietud, angustia
y curiosidad, es uno de los grandes motores de la evolución humana.
Pareciera que el cambio permanente y la aparición constante de novedosas
soluciones, están en la base de lo natural y, en consecuencia, también
en la construcción histórica del humanismo y de las características que
lo identifican. Insertos en el escenario multidimensional del cambio
natural, no es extraño que nosotros mismos estemos en un proceso
continuo y de completo reemplazo, con un conjunto totalmente nuevo de
células cada siete a 10 años. Desde nuestro nacimiento hasta nuestra
desaparición física, todo nuestro ropaje celular muda unas 8 veces en
promedio, a la vez que nuestras formas estructurales van envejeciendo de
manera predecible por condicionantes genéticas y evolutivas. Pero al
mismo tiempo, procedemos a consolidar dentro de una invariabilidad
conservadora, nuestros pensamientos y planteamientos frente a la vida
social, financiera, ambiental y sanitaria. Estamos sometidos a cambios
profundos en la forma, pero pareciera que nuestro modo interno de
convivir tiende en el tiempo a cristalizarse, a perder su elasticidad y
se aleja de la esfera de los cambios para mantener la ilusión de radicar
en una zona de relativo confort, dentro de la cual algunos solemos no
admitir aspectos que puedan interrumpir gravemente la tranquilidad
alcanzada. Esta es la síntesis de una paradoja resumida en la frase
famosa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo
cambie”. En ella se condensa la vocación del conservadurismo inteligente
por encauzar cambios inevitables de modo que no arrastren consigo
estructuras de poder que aspiran a la permanencia. Vale decir, de la
idea profunda que persigue el mantenimiento de las estructuras del poder
mediante aparentes cambios en la superficie y que se re-instala en los
períodos en que emergen situaciones de tensión en la convivencia social.
En este superficial sentido de cambio, el consenso se rompe, los
vínculos de confianza se debilitan, los recelos se agrandan y los
enfrentamientos se hacen cada vez más ásperos. Se establecen así
condiciones para que un escenario agrietado y angustiante aparezca como
inevitable y diluya la posibilidad de revisar el fondo de los problemas
que aquejan a la especie humana. Se suma como actor clave, una opinión
pública disociada e individualista, informada y muchas veces
desinformada por medios masivos de comunicación social. En este
contexto, es necesario poner el acento de la discusión en el aspecto
crítico de la condición humana, en donde la indispensable fraternidad
alcanza más que nunca una exigencia social de gran magnitud. Como línea
de pensamiento humanista y laica, sostenemos que ésta se encuentra
profundamente determinada por un tiempo en el que se ha perdido la
capacidad de asombro ante lo que pasa frente a nuestros ojos, producto
de todos los cambios que ocurren, han ocurrido y seguirán ocurriendo,
muchos profundamente radicales, donde pareciera que todo se vuelve
inasible y cuando nada parece dar suficientes certezas sobre lo que nos
depara el porvenir. Es clave en momentos de cambios intensos, considerar
la contribución a la condición humana de los sublimes ideales de
libertad, fraternidad, caridad, solidaridad e igualdad, los que pueden
contribuir a satisfacer nuestras necesidades humanas fundamentales.
Estos son cambios profundos, no superficiales.