Existe
un moderado consenso acerca del agotamiento de nuestro régimen de
gobierno -llamado “presidencial”- de manera que podemos prever que será
una materia que estará presente de la discusión de la Convención
Constituyente.
La
mayor parte de los/las candidatos/tas basa sus posturas solo en algunos
aspectos de los temas que deberán analizar y debatir, olvidándose que
una nueva constitución es como un buen reloj, cuyas piezas y engranajes
deben calzar perfectamente, teniendo presente que, como decía el padre
del constitucionalismo moderno, el filósofo Karl Lowenstein: “una
constitución ideal no ha existido jamás, y jamás existirá”.
Ahora
bien, como podemos observar, el régimen presidencial en nuestro país
está desgastado y desactualizado, por su característica casi monárquica,
donde el Presidente de la República decide acerca de casi la totalidad
de las materias importantes e incluso decide las urgencias sobre las
cuales debe discutir el Congreso.
Su
origen se remonta al siglo XIX, en los inicios de nuestra República. En
aquel momento, se requería entronizar en el poder una figura de
autoridad fuerte, única, masculina, que fue tradicionalmente traspasada
en cada una de nuestras 10 constituciones y Leyes Federales de 1826,
salvo el periodo del seudo parlamentarismo de 1891, que terminó en una
guerra civil. También tiene que ver con una cultura ciudadana, que
siempre buscó una suerte de presidente “pater familia”, como un cabeza
de familia, que protege a sus hijos, soluciona sus problemas y satisface
sus carencias. Sin embargo, en la práctica resulta insuficiente, porque
mucho poder concentrado en una sola persona no permite atender
eficientemente las múltiples necesidades de la sociedad.
Una
solución a nuestra crisis actual de representación consiste en
modernizar esta forma de poder unipersonal a otra, acorde los tiempos
actuales, basada en un Presidente de la República y un Jefe de Gobierno.
Para esto, se requiere incrementar: a) la educación cívica en los
escolares de enseñanza media, para que cuando voten a futuro, lo hagan
de manera racional y con conocimiento, b) el control social respecto de
las acciones que puede o debe realizar un parlamentario, c) fomentar el
voto programático, d) establecer mecanismos de democracia directa para
posibilitar la participación social en procesos de producción
legislativa y también, e) incentivar instancias de rendición de cuentas
de partidos y legisladores.
La
urgencia de modificar nuestro sistema de gobierno, se debe a que hoy
-más que nunca- está presente el fantasma del populismo, que se presenta
con soluciones mágicas para resolver problemas difíciles con soluciones
simples. Por lo tanto, es el único método posible y efectivo para
enfrentarlo y frenarlo.
En
conclusión, debemos avanzar hacia un Régimen “Semipresencial”, un
ejecutivo dual, con un Jefe de Gobierno nombrado por la mayoría del
Congreso Nacional y un Jefe de Estado o Presidente elegido por votación
directa, que le permita a este último mantener una política
gubernamental armónica dentro de sus atribuciones durante el periodo,
circunscribiendo el conflicto político y las negociaciones al Congreso y
al Jefe de Gobierno. Así, tendremos el régimen que necesitamos en el
siglo XXI, que hará más eficiente la gestión gubernamental y más
equilibrado el sistema social, político y económico.