El
resultado del plebiscito no tiene que sorprender ni asustar a nadie,
solo nos confirmó el arrodillamiento de la centroderecha frente a una
oposición hambrienta de poder y cuadros subversivos que olfatearon a una
administración sin voluntad ni autoridad ejercer su rol posterior a la
subversión del 18 de octubre de 2019, donde se instaló un
parlamentarismo de facto que reemplazó a la autoridad presidencial y la
ha pauteado a los niveles más increíbles.
Las
elecciones nos han permitido ver la agonía de todo el establishment
político que se instaló en Chile posterior a 1990. Una derecha
absolutamente sorprendida por los resultados que la arrasaron
electoralmente y acercan sus resultados a la masacre vivida en 1965
cuando fue reducida a una cifra cercana al 6%. Situación que la obligó a
fusionarse y enfrentar el periodo 1966-1973 como una nueva agrupación:
El Partido Nacional. Con otros actores e ideas fuerza que le permitieron
enfrentar una adversidad similar.
La
izquierda burguesa –llámese antigua Concertación- aun más damnificada,
ya que todas las artimañas utilizadas para derrotar al Gobierno de
Piñera como fueron impedirle el desarrollo de su programa de gobierno,
torpedear todas las medidas para enfrentar la pandemia, donde se
convirtió en un verdadero sueño erótico el tratar de capitalizar el
malestar y resentimiento ante una figura exitosa en gestión pero tan
poco empática. Esto no les trajo ningún rédito, solo la pesadilla de
despertar ante una realidad más desoladora: conformarse con 25 escaños
de constituyentes (824.000 votos que representan a un 14,4%), cifras que
ni siquiera en sus mejores análisis sumados con sus enemigos de
fantasía (la derecha) les permiten obtener el tercio que permita
moderar la articulación de la nueva Carta fundamental.
La
mejor expresión de la pesadilla que vive la ex Concertación se ve en la
desaparición del centro político, sin un reemplazo que permita el
desarrollo de grandes acuerdos. El mejor ejemplo de donde la aparición
de la “Lista del pueblo” formaliza a los insurgentes que fomentaron la
insurrección y la destrucción a lo largo del país dentro de la
estructura del Estado. Obtienen 26 escaños y cerca de 930.000 votos, con
candidatos que ofrecen las más variopintas soluciones a los males de la
sociedad neoliberal, desde expropiaciones masivas, establecimiento de
derechos de la naturaleza y de animales, establecimiento del Estado como
gran administrador de los recursos naturales y financieros,
erradicación de la salud y previsión privadas por una de carácter
universal-estatal, han seducido a nuevas generaciones de votantes a
participar en política con el sueño de erradicar una sociedad tan
injusta y desigual como la chilena (aunque lo más seguro es que
desconocen que el agua no siempre en nuestro país salió caliente) y
esperan de la nueva clase política redimida de la insurrección
convierta a nuestro país en el jardín del edén.
En
esta segunda etapa de la demolición del antiguo régimen falta conocer
en mayor detalle cuál será el rol del Partido Comunista como nuevo
moderador de centro y partido bisagra frente a los antiguos
insurreccionales; qué instituciones intentaran crear para controlar a la
población y someterla a sus arbitrariedades. Ya existen rumores –no
infundados– de querer eliminar a Carabineros y la PDI por una Policía
Nacional sometida al control absoluto del gobierno de turno ¿Será
posible una policía chavista? ¿un SEBIN recoletano? El tiempo lo dirá.
Es
muy posible que veamos en las sesiones de la Constituyente cómo la
izquierda busca su mayor pureza revolucionaria. He ahí una oportunidad
para una nueva derecha, que requiere líderes valientes y capaces de
enfrentar a este peligroso adversario.